RELATO CORTO “COSAS Y CASOS DE CADIZ” CAPITULO VII

RELATOS CORTOS
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CAPITULO VII                        

Cada mañana se le hacía más cuesta arriba subir aquellas escaleras del edificio de oficinas. Amaba su profesión, pero cada día que pasaba,  su vida se parecía menos a aquella que Américo Guzmán, imaginó cuando terminó la Universidad. Se había convertido en un maldito burócrata, cuya  labor principal consistía en rellenar interminables formularios, redactar estúpidos informes que no servían para nada y leer la montaña de documentación que le llegaba a diario. La mayoría Boletines Oficiales en los que daban cuenta…, Que se modificaba por la presente, parcialmente el contenido del Decreto 569/94 en su artículo IV apartado III, que a su vez era una modificación del Decreto 1455/80 art 2 apartado XXI, que a su vez, te remitía a otro y otro Boletín, y todo eso al final se traducía en la aclaración de cualquier chorrada. Y eso en el mejor de los casos, pues normalmente, tanta modificación “aclaratoria”, no hacía más que hacer mas farragoso entender minimamente lo que allí se decía. No le extrañaba que en tiempos, la que fue Directora del BOE, se hiciera multimillonaria con “la mordida” que recibía de los proveedores de papel.

Cuando 15 años atrás, recién terminada la carrera, se vino a vivir a España, una de las cosas que más le llamó la atención, fue el grado de corrupción existente. Hasta entonces, pensaba que eso era patrimonio de los países tercermundistas, pero no. Constantemente veía un trasiego de sobres que cambiaban de manos, acompañados de frases del estilo de “ahí va lo tuyo…” o “no olvides incluir lo mío…” Al final, de tanto oírlo, te parece hasta normal, y con un “Total, todo el mundo lo hace…”, lavas la conciencia y tarde o temprano entras a formar parte del engranaje. Sólo es cuestión de tiempo.

Todas las tardes hacía algo de ejercicio en el gimnasio, pero aquella esplendida tarde de primavera decidió dar un paseo por la playa Victoria que estaba bastante concurrida para esa época del año. Personas mayores y parejas de novios que como él aprovechaban la bajamar para pasear descalzos por la orilla.

Fue entonces cuando Américo Guzmán recibió una llamada que cambió para siempre no sólo su vida, sino la de muchas otras personas que ni tan siquiera llegaría a conocer jamás…

Mientras intentaba sacudir el polvo de su carísimo traje, D. Antolin, lanzaba toda clase de improperios a aquellas personas que habían sido testigos de semejante “carambola” y que a pesar del “respeto” que le profesaban, no podían contener la risa.

En un intento de suavisar la situación y que la cosa no llegara a mayores, intenté explicarme y pedirle perdón. Incluso me ofrecí a hacerme cargo de los gastos de la tintorería, pero como era de esperar solo recibí en tono burlon un – ¡Hombre! ¿Mira quién tenemos aquí?, el insigne “Gestor Administrativo” del barrio. Y por lo que veo complementa su actividad con la de vulgar chorizo.

En un primer instante, no comprendí a qué se refería pero pronto lo adiviné, al ver como sus ojos de ave de rapiña, estaban clavados en el cuadro de Hipólito, que aún andaba por los suelos.


A pesar de estar entrado en carnes y con seguridad haber sobrepasado los 60 años, con la agilidad de una Gineta, se abalanzó sobre él y antes de que alguien pudiera reaccionar, Antolín se había hecho con el cuadro. Ya le tenía el ojo echado desde hacía tiempo. Lo había visto en alguna ocasión, cuando iba a cobrarle a su propietario e incluso llegó en cierta ocasión a hacerle una oferta, misera por supuesto, a Hipólito por él, recibiendo como respuesta un sonoro y rotundo ¡NO!.

La belleza del cuadro, pero más aún el gustazo de despojar a ese miserable de su bien más preciado, acentuaba el deseo de poseerlo. Tenía la seguridad de que más pronto que tarde el cuadro sería suyo.

Siguiendo con el mismo tono burlón, se apresuró a decir:


– El finado, que Dios lo acoja en el Reino de los cielos, tenía firmado un reconocimiento de deuda por el impago de varios meses de alquiler de su vivienda. Me llevo el cuadro en pago de la misma.´

Mi trabajo me costó impedir que los allí concentrados, no aprovecharan el momento y le arrebatasen el botín para devolvérmelo, y de paso, amparándose en la masa, darle una soberana paliza a semejante cabronazo, pero eso sólo empeoraría las cosas. Intervendría la Policía y tendría que dar demasiadas explicaciones. Lo primero, de donde había sacado el cuadro, y eso implicaría a Manuela y a su hijo. No, La única salida era recuperar el cuadro como fuese y esto incluía entrar en casa de D. Antolín y “tomarlo prestado”.


Había que elaborar un plan……

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