Relatos cortos. “COSAS Y CASOS DE CÁDIZ” Capítulos VI y VII

RELATOS CORTOS
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CAPITULO VI
                                                                                              

A pesar del cachondeíto de Pepe, yo estaba convencido de que en aquel cuartucho estaba o había estado la clave del asesinato del pobre Hipólito, por lo que le pedí que me echara una mano a ver que encontrábamos. Después de una intensa búsqueda entre sus pertenencias que prácticamente se limitaban a un par de mudas de ropa y una viejísima maleta con algunas fotos, casi todas con su admirado Paco “El Pantera”, nos convencimos de que allí no había nada. Desanimado y cansado me senté en la cama, observando el desolado espectáculo de aquel cuartucho miserable, lleno de humedades y goteras. Me vino a la memoria la imagen años atrás de un sonriente Hipólito, que ilusionado me contaba que se había “independizado”, de las monjitas y había alquilado un cuartito en pleno barrio de La Viña.


– Ya sabes Perico, pa´qué quiero más, con tener un techo donde dormir, me conformo. La cocina y el váter son comunitarios, pero pal tiempo que voy a estar en casa….. Además, raro es el día que alguna vecina no me sube un platito de lo que guise, así que tengo techo, cama y comida. Ahora voy a comprar los avíos para darle un par de manitas de cal, para que esté limpito.


Pobrecito, la ilusión que tenía. Parecía como si le hubiese tocado un piso en la Avenida.


A juzgar por el estado en el que se encontraban aquellas paredes que un día fueron blancas, nunca más habían visto la cal de cerca.


– ¡Anda que no tenía mierda ni ná el Hipólito!. (exclamó Pepe) ¿Cuánto hará que pasó una fregona por el suelo?. Fíjate Perico, ahí en esa esquina como se nota que durante mucho tiempo, el jodio tuvo colgado un cuadro.Jajajaja






No pude resistir el impulso de dar un fuerte abrazo a Pepe, quien desconcertado, no entendía nada. ¡¡¡ el cuadro!!!, esa era la clave que andamos buscando. Estaba claro que alguien se lo había llevado. Seguramente, fue lo único que se llevó el chorizo que horas antes había visitado aquel mismo lugar.


Ahora recordaba, como hace años un día estando en “El Bizco”, entró “el Pantera”, preguntando por él. Creo que fue Leonardo quien le dijo que lo vio bien temprano cuando estaba abriendo su local y que llevaba los avíos de buceo, por lo que de seguro no volvería hasta la tarde.


– Bueno no importa, dijo, entrégale esto cuando le veas y dejó sobre el mostrador un cilindro de esos que se usan para meter planos y cosas así.


– Un regalo de “fin de curso”, dijo sonriendo. Dile que lo cuide y que cuando se encuentre desanimado, lo contemple atentamente. Ni siquiatra ni nada. Esta vista lo cura todo, concluyó con una carcajada.


Ni que decir tiene que apenas Paco dobló la esquina, todos nos abalanzamos sobre el cilindro, y en un periquete nos encontrábamos admirando un lienzo. Una bonita Marina. Pintado sin duda por el mismísimo Paco.

Sin lugar a dudas se trataba del mismo cuadro que Hipólito había recibido como regalo de Paco y que había permanecido colgado en esa pared desde aquel día.

 Mucho debió apreciarlo su dueño, cuando lo conservó y no lo vendio en épocas de necesidad. Teníamos que encontrarlo como fuera para lo que era imprescindible organización, por lo que le dije a Pepe que fuese “Al Torete” en busca de información. Yo mientras, preguntaría a los vecinos y por el barrio. Alguien tuvo que ver algo…

¡¡¡Cómo disfrutaba!!!. En esos momentos era consciente del poder que tenía entre esa gentuza. Se apartaban a su paso y le saludaban o más bien le reverenciaban. Sabía que lo hacían por puro miedo y que todos y cada uno de ellos le despreciaban profundamente, pero eso era lo mejor, esa sumisión a la que se veían obligados si no querían dormir esa noche en la calle. Mes tras mes, Antolín aguardaba ansioso a que llegase el día uno para ir a cobrarles el alquiler a esos robaperas, no sólo por el dinero, que aunque era cuestión importante, no podía compararse con experimentar nuevamente esa sensación de poder sobre aquellos seres miserables. En sus manos estaba prácticamente sus vidas. A libre albedrio podía echarlos a patadas de su propiedad o concederles una prórroga de pago a cambio, claro está, del pago de unos intereses leoninos. Y ejercer ese poder, le producía un placer indescriptible.


Mientras bajaba las escaleras de la casa del pobre Hipólito, oí un siseo, que me hizo volver la cabeza, pero no vi a nadie, por lo que seguí bajando. Una vez en el patio, aunque casi inaudible,  distinguí claramente, como una voz de mujer me llamaba por mi nombre. En una ventana del segundo piso, justo debajo del cuarto de Hipólito, una mano asomaba gesticulando que subiera. Ya en el rellano. De una puerta entreabierta, asomaba el rostro de una mujer, aunque bien pudiera ser confundido con la de un angel.


– Hola Manuela.


– Hola Perico. Pasa por favor y siéntate.

– Cuanto tiempo sin verte.Que pena lo del Hipólito, ¿verdad?.


Mientras hablaba, yo recordaba aquel verano. Tendríamos ¿catorce?, ¿quince años?, no recuerdo exactamente, lo único que ha quedado en mi memoria es aquellos días de playa, los paseos por el parque y la tunda que me dio su hermano Arturito, cuando le dijeron que yo andaba tonteando con ella.


• Si te veo con mi hermana prepárate Mameluco.






No me hizo Dios (si es que existe) para luchar contra las adversidades, así que ese fue el fin de nuestro noviazgo, y como el que no se consuela es porque no quiere, yo lo hice pensando que pocos chavales podían presumir de haber salido con sin duda, la chiquilla más guapa de Cádiz.


Aún Conservaba Manuela gran parte de esa belleza; unos impresionantes ojos verdes, un rostro limpioy sereno y sobre todo con una dulzura que jamás vi en otra persona. Su indumentaria totalmente negra me recordó que hacía poco más de un año había perdido un hijo víctima como no de la droga.


Me contó, que su hijo el pequeño, había tenido problemas con la justicia y que temía al igual que yo, (que ya lo había visto en varias ocasiones trapicheando en “El Torete”), que terminase como su hermano.


– Quiero enseñarte una cosa, espera, (dijo mientras entraba en su alcoba). Esta mañana, escondido en su cuarto, he encontrado esto…


El corazón me dio un vuelco cuando apareció de nuevo con nada más y nada menos que ¡el cuadro de Hipólito!


– Está arrepentido Perico, después de formarle una bronca de aupa, decidió devolverlo y yo misma, por si acaso, le acompañé, pero cuando estábamos a punto de abrir la puerta escuchamos voces, por la ventana vi que eras tú, y el resto ya lo sabes…, confio en ti y estoy segura que no se lo diras a la policía.





Prometiendole que no lo haría y deseándole mucha suerte, salí pitando. Tenía que avisar a Pepe, me decía mientras bajaba los escalones de tres en tres, cuando de pronto sin saber muy bien porque, se encontró rodando escaleras abajo. Ya en el patio sin posibilidad de rodar más, me disponía a incorporarme y “evaluar los daños” sufridos en mi cuerpo serrano tras semejante trompazo, cuando nuevamente algo pesad cayó sobre mi. Despues de unos segundos, que me parecieron interminables. Logre no con poco esfuerzo apartar un asqueroso trasero de mi cara. Aunque aún mas repugnante era su dueño: El mismísimo D. Antolin Mier de Cilla. Ser usurero, mangante y estafador. Un depredador mezcla entre tiburón y rata de cloaca.

Continuara….

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