Relojeria Alemana

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                      RELOJERIA ALEMANA  

Pipipiiií, pii, piiiii… Pipipiiií, pii, piiiii…


– Fran, las siete, levanta.




-Vaaale, pero apaga el maldito despertador, no lo soporto. Cualquier dia lo estampo contra la pared.




-Vnga llegaras tarde y recuerda que a la vuelta de la oficina , le prometiste a tu madre que la llevarías al pueblo. Ya sabes que se ha empeñado en ir al notario a arreglar “sus asuntos”, como ella le llama.






A las cinco, cuando ya por fin logró encontrar aparcamiento, se sintió reconfortado. Siempre sentía una agradable sensación, cuando andaba por aquellas calles. Le recordaba a su niñez………-






-¡ buenas tardes Fran!, ¿De visita?, da recuerdos a tu madre.




– De su parte Dña. Rosa,……….


maldita cotilla, pensó, mientras leía el letrero de la tienda “Todo a cien” que había en los bajos de su casa. Y en el escaparate un despertador idéntico al suyo. Ahora sabía de donde había sacado su madre semejante artefacto.


– ¡Feliz cumpleaños! le había dicho. Aquí tienes mi regalo.


Si el Sr. Zilbermann, levantase la cabeza y viese en lo que habían convertido su local. En tiempos fue uno de los mejores talleres de Relojería de Madrid “Relojería Alemana”, se llamaba.Miro el reloj y caigo en la cuenta, que a esa misma hora muchos años atrás, el Sr. Zilbermann, estaría dando cuerda a sus relojes. Los había de todos los tamaños y formas. Todos los días, a la vuelta del colegio observaba desde el escaparate el mismo ritual.


-Ven aquí me dijo un día. Toma este reloj de arena. A éste no hay que darle cuerda, sonrió. ¿Ves como caen los granos de arena?. Es el fluir de la vida. Cuando seas mayor lo entenderás.


Desde aquel día cualquier momento era bueno para bajar un rato con el Sr. Zilbermann. Él me hablaba de sus relojes y yo escuchaba:


-Mira Fran. Cada reloj tiene un tic tac distinto, son como corazones. Escuchándoles detenidamente nos hablan. Nos dicen todo lo que necesitamos saber para su puesta a punto. Sólo hay que saber escuchar.




– Tendría Vd que venir un día al pueblo. El reloj de la plaza hace años que no funciona. ¿Tendrá su corazón enfermo?.


– Algún día Fran, algún día… Me decía, mientras reía a carcajadas.


Recuerdo aquellos días. Días felices en los que el Sr. Zilbermann me hacía sentir algo mas que un niño. Explicandome los complejos mecanismos de los relojes, como el profesor que enseña al estudiante de medicina el funcionamiento de los organos del cuerpo humano. Aquello me fascinaba.


Un día al volver de la escuela, la relojería estaba cerrada y así permaneció para siempre.
Mi madre me explicó de forma poco convincente que había marchado de viaje. ¿Irse?, ¿sin sus relojes?. Imposible, le dije. Pero jamás volví a verlo. Recordé lo que me dijo un día sobre el reloj de arena, el tiempo y el fluir de la vida.


Hoy, casi 30 años después, mientras pasaba en el coche por la plaza del pueblo, no pude evitar una sonrisa al escuchar sus campanadas. Aquel era el mismo reloj que tras años sin funcionar, empezó a andar el mismo día de la desaparición del Sr. Zilbermann.


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