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RELATO CORTO "COSAS Y CASOS DE CADIZ" CAPITULO VII

CAPITULO VII                        

Cada mañana se le hacía más cuesta arriba subir aquellas escaleras del edificio de oficinas. Amaba su profesión, pero cada día que pasaba,  su vida se parecía menos a aquella que Américo Guzmán, imaginó cuando terminó la Universidad. Se había convertido en un maldito burócrata, cuya  labor principal consistía en rellenar interminables formularios, redactar estúpidos informes que no servían para nada y leer la montaña de documentación que le llegaba a diario. La mayoría Boletines Oficiales en los que daban cuenta…, Que se modificaba por la presente, parcialmente el contenido del Decreto 569/94 en su artículo IV apartado III, que a su vez era una modificación del Decreto 1455/80 art 2 apartado XXI, que a su vez, te remitía a otro y otro Boletín, y todo eso al final se traducía en la aclaración de cualquier chorrada. Y eso en el mejor de los casos, pues normalmente, tanta modificación “aclaratoria”, no hacía más que hacer mas farragoso entender minimamente lo que allí se decía. No le extrañaba que en tiempos, la que fue Directora del BOE, se hiciera multimillonaria con “la mordida” que recibía de los proveedores de papel.

Cuando 15 años atrás, recién terminada la carrera, se vino a vivir a España, una de las cosas que más le llamó la atención, fue el grado de corrupción existente. Hasta entonces, pensaba que eso era patrimonio de los países tercermundistas, pero no. Constantemente veía un trasiego de sobres que cambiaban de manos, acompañados de frases del estilo de “ahí va lo tuyo…” o “no olvides incluir lo mío…” Al final, de tanto oírlo, te parece hasta normal, y con un “Total, todo el mundo lo hace…”, lavas la conciencia y tarde o temprano entras a formar parte del engranaje. Sólo es cuestión de tiempo.

Todas las tardes hacía algo de ejercicio en el gimnasio, pero aquella esplendida tarde de primavera decidió dar un paseo por la playa Victoria que estaba bastante concurrida para esa época del año. Personas mayores y parejas de novios que como él aprovechaban la bajamar para pasear descalzos por la orilla.

Fue entonces cuando Américo Guzmán recibió una llamada que cambió para siempre no sólo su vida, sino la de muchas otras personas que ni tan siquiera llegaría a conocer jamás…

Mientras intentaba sacudir el polvo de su carísimo traje, D. Antolin, lanzaba toda clase de improperios a aquellas personas que habían sido testigos de semejante “carambola” y que a pesar del “respeto” que le profesaban, no podían contener la risa.

En un intento de suavisar la situación y que la cosa no llegara a mayores, intenté explicarme y pedirle perdón. Incluso me ofrecí a hacerme cargo de los gastos de la tintorería, pero como era de esperar solo recibí en tono burlon un – ¡Hombre! ¿Mira quién tenemos aquí?, el insigne “Gestor Administrativo” del barrio. Y por lo que veo complementa su actividad con la de vulgar chorizo.

En un primer instante, no comprendí a qué se refería pero pronto lo adiviné, al ver como sus ojos de ave de rapiña, estaban clavados en el cuadro de Hipólito, que aún andaba por los suelos.


A pesar de estar entrado en carnes y con seguridad haber sobrepasado los 60 años, con la agilidad de una Gineta, se abalanzó sobre él y antes de que alguien pudiera reaccionar, Antolín se había hecho con el cuadro. Ya le tenía el ojo echado desde hacía tiempo. Lo había visto en alguna ocasión, cuando iba a cobrarle a su propietario e incluso llegó en cierta ocasión a hacerle una oferta, misera por supuesto, a Hipólito por él, recibiendo como respuesta un sonoro y rotundo ¡NO!.

La belleza del cuadro, pero más aún el gustazo de despojar a ese miserable de su bien más preciado, acentuaba el deseo de poseerlo. Tenía la seguridad de que más pronto que tarde el cuadro sería suyo.

Siguiendo con el mismo tono burlón, se apresuró a decir:


– El finado, que Dios lo acoja en el Reino de los cielos, tenía firmado un reconocimiento de deuda por el impago de varios meses de alquiler de su vivienda. Me llevo el cuadro en pago de la misma.´

Mi trabajo me costó impedir que los allí concentrados, no aprovecharan el momento y le arrebatasen el botín para devolvérmelo, y de paso, amparándose en la masa, darle una soberana paliza a semejante cabronazo, pero eso sólo empeoraría las cosas. Intervendría la Policía y tendría que dar demasiadas explicaciones. Lo primero, de donde había sacado el cuadro, y eso implicaría a Manuela y a su hijo. No, La única salida era recuperar el cuadro como fuese y esto incluía entrar en casa de D. Antolín y “tomarlo prestado”.


Había que elaborar un plan……

RELATO CORTO “COSAS Y CASOS DE CADIZ” CAPITULO VII

CAPITULO VII                        

Cada mañana se le hacía más cuesta arriba subir aquellas escaleras del edificio de oficinas. Amaba su profesión, pero cada día que pasaba,  su vida se parecía menos a aquella que Américo Guzmán, imaginó cuando terminó la Universidad. Se había convertido en un maldito burócrata, cuya  labor principal consistía en rellenar interminables formularios, redactar estúpidos informes que no servían para nada y leer la montaña de documentación que le llegaba a diario. La mayoría Boletines Oficiales en los que daban cuenta…, Que se modificaba por la presente, parcialmente el contenido del Decreto 569/94 en su artículo IV apartado III, que a su vez era una modificación del Decreto 1455/80 art 2 apartado XXI, que a su vez, te remitía a otro y otro Boletín, y todo eso al final se traducía en la aclaración de cualquier chorrada. Y eso en el mejor de los casos, pues normalmente, tanta modificación “aclaratoria”, no hacía más que hacer mas farragoso entender minimamente lo que allí se decía. No le extrañaba que en tiempos, la que fue Directora del BOE, se hiciera multimillonaria con “la mordida” que recibía de los proveedores de papel.

Cuando 15 años atrás, recién terminada la carrera, se vino a vivir a España, una de las cosas que más le llamó la atención, fue el grado de corrupción existente. Hasta entonces, pensaba que eso era patrimonio de los países tercermundistas, pero no. Constantemente veía un trasiego de sobres que cambiaban de manos, acompañados de frases del estilo de “ahí va lo tuyo…” o “no olvides incluir lo mío…” Al final, de tanto oírlo, te parece hasta normal, y con un “Total, todo el mundo lo hace…”, lavas la conciencia y tarde o temprano entras a formar parte del engranaje. Sólo es cuestión de tiempo.

Todas las tardes hacía algo de ejercicio en el gimnasio, pero aquella esplendida tarde de primavera decidió dar un paseo por la playa Victoria que estaba bastante concurrida para esa época del año. Personas mayores y parejas de novios que como él aprovechaban la bajamar para pasear descalzos por la orilla.

Fue entonces cuando Américo Guzmán recibió una llamada que cambió para siempre no sólo su vida, sino la de muchas otras personas que ni tan siquiera llegaría a conocer jamás…

Mientras intentaba sacudir el polvo de su carísimo traje, D. Antolin, lanzaba toda clase de improperios a aquellas personas que habían sido testigos de semejante “carambola” y que a pesar del “respeto” que le profesaban, no podían contener la risa.

En un intento de suavisar la situación y que la cosa no llegara a mayores, intenté explicarme y pedirle perdón. Incluso me ofrecí a hacerme cargo de los gastos de la tintorería, pero como era de esperar solo recibí en tono burlon un – ¡Hombre! ¿Mira quién tenemos aquí?, el insigne “Gestor Administrativo” del barrio. Y por lo que veo complementa su actividad con la de vulgar chorizo.

En un primer instante, no comprendí a qué se refería pero pronto lo adiviné, al ver como sus ojos de ave de rapiña, estaban clavados en el cuadro de Hipólito, que aún andaba por los suelos.


A pesar de estar entrado en carnes y con seguridad haber sobrepasado los 60 años, con la agilidad de una Gineta, se abalanzó sobre él y antes de que alguien pudiera reaccionar, Antolín se había hecho con el cuadro. Ya le tenía el ojo echado desde hacía tiempo. Lo había visto en alguna ocasión, cuando iba a cobrarle a su propietario e incluso llegó en cierta ocasión a hacerle una oferta, misera por supuesto, a Hipólito por él, recibiendo como respuesta un sonoro y rotundo ¡NO!.

La belleza del cuadro, pero más aún el gustazo de despojar a ese miserable de su bien más preciado, acentuaba el deseo de poseerlo. Tenía la seguridad de que más pronto que tarde el cuadro sería suyo.

Siguiendo con el mismo tono burlón, se apresuró a decir:


– El finado, que Dios lo acoja en el Reino de los cielos, tenía firmado un reconocimiento de deuda por el impago de varios meses de alquiler de su vivienda. Me llevo el cuadro en pago de la misma.´

Mi trabajo me costó impedir que los allí concentrados, no aprovecharan el momento y le arrebatasen el botín para devolvérmelo, y de paso, amparándose en la masa, darle una soberana paliza a semejante cabronazo, pero eso sólo empeoraría las cosas. Intervendría la Policía y tendría que dar demasiadas explicaciones. Lo primero, de donde había sacado el cuadro, y eso implicaría a Manuela y a su hijo. No, La única salida era recuperar el cuadro como fuese y esto incluía entrar en casa de D. Antolín y “tomarlo prestado”.


Había que elaborar un plan……

Relatos cortos. “COSAS Y CASOS DE CÁDIZ” Capítulos VI y VII

CAPITULO VI
                                                                                              

A pesar del cachondeíto de Pepe, yo estaba convencido de que en aquel cuartucho estaba o había estado la clave del asesinato del pobre Hipólito, por lo que le pedí que me echara una mano a ver que encontrábamos. Después de una intensa búsqueda entre sus pertenencias que prácticamente se limitaban a un par de mudas de ropa y una viejísima maleta con algunas fotos, casi todas con su admirado Paco “El Pantera”, nos convencimos de que allí no había nada. Desanimado y cansado me senté en la cama, observando el desolado espectáculo de aquel cuartucho miserable, lleno de humedades y goteras. Me vino a la memoria la imagen años atrás de un sonriente Hipólito, que ilusionado me contaba que se había “independizado”, de las monjitas y había alquilado un cuartito en pleno barrio de La Viña.


– Ya sabes Perico, pa´qué quiero más, con tener un techo donde dormir, me conformo. La cocina y el váter son comunitarios, pero pal tiempo que voy a estar en casa….. Además, raro es el día que alguna vecina no me sube un platito de lo que guise, así que tengo techo, cama y comida. Ahora voy a comprar los avíos para darle un par de manitas de cal, para que esté limpito.


Pobrecito, la ilusión que tenía. Parecía como si le hubiese tocado un piso en la Avenida.


A juzgar por el estado en el que se encontraban aquellas paredes que un día fueron blancas, nunca más habían visto la cal de cerca.


– ¡Anda que no tenía mierda ni ná el Hipólito!. (exclamó Pepe) ¿Cuánto hará que pasó una fregona por el suelo?. Fíjate Perico, ahí en esa esquina como se nota que durante mucho tiempo, el jodio tuvo colgado un cuadro.Jajajaja






No pude resistir el impulso de dar un fuerte abrazo a Pepe, quien desconcertado, no entendía nada. ¡¡¡ el cuadro!!!, esa era la clave que andamos buscando. Estaba claro que alguien se lo había llevado. Seguramente, fue lo único que se llevó el chorizo que horas antes había visitado aquel mismo lugar.


Ahora recordaba, como hace años un día estando en “El Bizco”, entró “el Pantera”, preguntando por él. Creo que fue Leonardo quien le dijo que lo vio bien temprano cuando estaba abriendo su local y que llevaba los avíos de buceo, por lo que de seguro no volvería hasta la tarde.


– Bueno no importa, dijo, entrégale esto cuando le veas y dejó sobre el mostrador un cilindro de esos que se usan para meter planos y cosas así.


– Un regalo de “fin de curso”, dijo sonriendo. Dile que lo cuide y que cuando se encuentre desanimado, lo contemple atentamente. Ni siquiatra ni nada. Esta vista lo cura todo, concluyó con una carcajada.


Ni que decir tiene que apenas Paco dobló la esquina, todos nos abalanzamos sobre el cilindro, y en un periquete nos encontrábamos admirando un lienzo. Una bonita Marina. Pintado sin duda por el mismísimo Paco.

Sin lugar a dudas se trataba del mismo cuadro que Hipólito había recibido como regalo de Paco y que había permanecido colgado en esa pared desde aquel día.

 Mucho debió apreciarlo su dueño, cuando lo conservó y no lo vendio en épocas de necesidad. Teníamos que encontrarlo como fuera para lo que era imprescindible organización, por lo que le dije a Pepe que fuese “Al Torete” en busca de información. Yo mientras, preguntaría a los vecinos y por el barrio. Alguien tuvo que ver algo…

¡¡¡Cómo disfrutaba!!!. En esos momentos era consciente del poder que tenía entre esa gentuza. Se apartaban a su paso y le saludaban o más bien le reverenciaban. Sabía que lo hacían por puro miedo y que todos y cada uno de ellos le despreciaban profundamente, pero eso era lo mejor, esa sumisión a la que se veían obligados si no querían dormir esa noche en la calle. Mes tras mes, Antolín aguardaba ansioso a que llegase el día uno para ir a cobrarles el alquiler a esos robaperas, no sólo por el dinero, que aunque era cuestión importante, no podía compararse con experimentar nuevamente esa sensación de poder sobre aquellos seres miserables. En sus manos estaba prácticamente sus vidas. A libre albedrio podía echarlos a patadas de su propiedad o concederles una prórroga de pago a cambio, claro está, del pago de unos intereses leoninos. Y ejercer ese poder, le producía un placer indescriptible.


Mientras bajaba las escaleras de la casa del pobre Hipólito, oí un siseo, que me hizo volver la cabeza, pero no vi a nadie, por lo que seguí bajando. Una vez en el patio, aunque casi inaudible,  distinguí claramente, como una voz de mujer me llamaba por mi nombre. En una ventana del segundo piso, justo debajo del cuarto de Hipólito, una mano asomaba gesticulando que subiera. Ya en el rellano. De una puerta entreabierta, asomaba el rostro de una mujer, aunque bien pudiera ser confundido con la de un angel.


– Hola Manuela.


– Hola Perico. Pasa por favor y siéntate.

– Cuanto tiempo sin verte.Que pena lo del Hipólito, ¿verdad?.


Mientras hablaba, yo recordaba aquel verano. Tendríamos ¿catorce?, ¿quince años?, no recuerdo exactamente, lo único que ha quedado en mi memoria es aquellos días de playa, los paseos por el parque y la tunda que me dio su hermano Arturito, cuando le dijeron que yo andaba tonteando con ella.


• Si te veo con mi hermana prepárate Mameluco.






No me hizo Dios (si es que existe) para luchar contra las adversidades, así que ese fue el fin de nuestro noviazgo, y como el que no se consuela es porque no quiere, yo lo hice pensando que pocos chavales podían presumir de haber salido con sin duda, la chiquilla más guapa de Cádiz.


Aún Conservaba Manuela gran parte de esa belleza; unos impresionantes ojos verdes, un rostro limpioy sereno y sobre todo con una dulzura que jamás vi en otra persona. Su indumentaria totalmente negra me recordó que hacía poco más de un año había perdido un hijo víctima como no de la droga.


Me contó, que su hijo el pequeño, había tenido problemas con la justicia y que temía al igual que yo, (que ya lo había visto en varias ocasiones trapicheando en “El Torete”), que terminase como su hermano.


– Quiero enseñarte una cosa, espera, (dijo mientras entraba en su alcoba). Esta mañana, escondido en su cuarto, he encontrado esto…


El corazón me dio un vuelco cuando apareció de nuevo con nada más y nada menos que ¡el cuadro de Hipólito!


– Está arrepentido Perico, después de formarle una bronca de aupa, decidió devolverlo y yo misma, por si acaso, le acompañé, pero cuando estábamos a punto de abrir la puerta escuchamos voces, por la ventana vi que eras tú, y el resto ya lo sabes…, confio en ti y estoy segura que no se lo diras a la policía.





Prometiendole que no lo haría y deseándole mucha suerte, salí pitando. Tenía que avisar a Pepe, me decía mientras bajaba los escalones de tres en tres, cuando de pronto sin saber muy bien porque, se encontró rodando escaleras abajo. Ya en el patio sin posibilidad de rodar más, me disponía a incorporarme y “evaluar los daños” sufridos en mi cuerpo serrano tras semejante trompazo, cuando nuevamente algo pesad cayó sobre mi. Despues de unos segundos, que me parecieron interminables. Logre no con poco esfuerzo apartar un asqueroso trasero de mi cara. Aunque aún mas repugnante era su dueño: El mismísimo D. Antolin Mier de Cilla. Ser usurero, mangante y estafador. Un depredador mezcla entre tiburón y rata de cloaca.

Continuara….

Relatos cortos. "COSAS Y CASOS DE CÁDIZ" Capítulos VI y VII

CAPITULO VI
                                                                                              

A pesar del cachondeíto de Pepe, yo estaba convencido de que en aquel cuartucho estaba o había estado la clave del asesinato del pobre Hipólito, por lo que le pedí que me echara una mano a ver que encontrábamos. Después de una intensa búsqueda entre sus pertenencias que prácticamente se limitaban a un par de mudas de ropa y una viejísima maleta con algunas fotos, casi todas con su admirado Paco “El Pantera”, nos convencimos de que allí no había nada. Desanimado y cansado me senté en la cama, observando el desolado espectáculo de aquel cuartucho miserable, lleno de humedades y goteras. Me vino a la memoria la imagen años atrás de un sonriente Hipólito, que ilusionado me contaba que se había “independizado”, de las monjitas y había alquilado un cuartito en pleno barrio de La Viña.


– Ya sabes Perico, pa´qué quiero más, con tener un techo donde dormir, me conformo. La cocina y el váter son comunitarios, pero pal tiempo que voy a estar en casa….. Además, raro es el día que alguna vecina no me sube un platito de lo que guise, así que tengo techo, cama y comida. Ahora voy a comprar los avíos para darle un par de manitas de cal, para que esté limpito.


Pobrecito, la ilusión que tenía. Parecía como si le hubiese tocado un piso en la Avenida.


A juzgar por el estado en el que se encontraban aquellas paredes que un día fueron blancas, nunca más habían visto la cal de cerca.


– ¡Anda que no tenía mierda ni ná el Hipólito!. (exclamó Pepe) ¿Cuánto hará que pasó una fregona por el suelo?. Fíjate Perico, ahí en esa esquina como se nota que durante mucho tiempo, el jodio tuvo colgado un cuadro.Jajajaja






No pude resistir el impulso de dar un fuerte abrazo a Pepe, quien desconcertado, no entendía nada. ¡¡¡ el cuadro!!!, esa era la clave que andamos buscando. Estaba claro que alguien se lo había llevado. Seguramente, fue lo único que se llevó el chorizo que horas antes había visitado aquel mismo lugar.


Ahora recordaba, como hace años un día estando en “El Bizco”, entró “el Pantera”, preguntando por él. Creo que fue Leonardo quien le dijo que lo vio bien temprano cuando estaba abriendo su local y que llevaba los avíos de buceo, por lo que de seguro no volvería hasta la tarde.


– Bueno no importa, dijo, entrégale esto cuando le veas y dejó sobre el mostrador un cilindro de esos que se usan para meter planos y cosas así.


– Un regalo de “fin de curso”, dijo sonriendo. Dile que lo cuide y que cuando se encuentre desanimado, lo contemple atentamente. Ni siquiatra ni nada. Esta vista lo cura todo, concluyó con una carcajada.


Ni que decir tiene que apenas Paco dobló la esquina, todos nos abalanzamos sobre el cilindro, y en un periquete nos encontrábamos admirando un lienzo. Una bonita Marina. Pintado sin duda por el mismísimo Paco.

Sin lugar a dudas se trataba del mismo cuadro que Hipólito había recibido como regalo de Paco y que había permanecido colgado en esa pared desde aquel día.

 Mucho debió apreciarlo su dueño, cuando lo conservó y no lo vendio en épocas de necesidad. Teníamos que encontrarlo como fuera para lo que era imprescindible organización, por lo que le dije a Pepe que fuese “Al Torete” en busca de información. Yo mientras, preguntaría a los vecinos y por el barrio. Alguien tuvo que ver algo…

¡¡¡Cómo disfrutaba!!!. En esos momentos era consciente del poder que tenía entre esa gentuza. Se apartaban a su paso y le saludaban o más bien le reverenciaban. Sabía que lo hacían por puro miedo y que todos y cada uno de ellos le despreciaban profundamente, pero eso era lo mejor, esa sumisión a la que se veían obligados si no querían dormir esa noche en la calle. Mes tras mes, Antolín aguardaba ansioso a que llegase el día uno para ir a cobrarles el alquiler a esos robaperas, no sólo por el dinero, que aunque era cuestión importante, no podía compararse con experimentar nuevamente esa sensación de poder sobre aquellos seres miserables. En sus manos estaba prácticamente sus vidas. A libre albedrio podía echarlos a patadas de su propiedad o concederles una prórroga de pago a cambio, claro está, del pago de unos intereses leoninos. Y ejercer ese poder, le producía un placer indescriptible.


Mientras bajaba las escaleras de la casa del pobre Hipólito, oí un siseo, que me hizo volver la cabeza, pero no vi a nadie, por lo que seguí bajando. Una vez en el patio, aunque casi inaudible,  distinguí claramente, como una voz de mujer me llamaba por mi nombre. En una ventana del segundo piso, justo debajo del cuarto de Hipólito, una mano asomaba gesticulando que subiera. Ya en el rellano. De una puerta entreabierta, asomaba el rostro de una mujer, aunque bien pudiera ser confundido con la de un angel.


– Hola Manuela.


– Hola Perico. Pasa por favor y siéntate.

– Cuanto tiempo sin verte.Que pena lo del Hipólito, ¿verdad?.


Mientras hablaba, yo recordaba aquel verano. Tendríamos ¿catorce?, ¿quince años?, no recuerdo exactamente, lo único que ha quedado en mi memoria es aquellos días de playa, los paseos por el parque y la tunda que me dio su hermano Arturito, cuando le dijeron que yo andaba tonteando con ella.


• Si te veo con mi hermana prepárate Mameluco.






No me hizo Dios (si es que existe) para luchar contra las adversidades, así que ese fue el fin de nuestro noviazgo, y como el que no se consuela es porque no quiere, yo lo hice pensando que pocos chavales podían presumir de haber salido con sin duda, la chiquilla más guapa de Cádiz.


Aún Conservaba Manuela gran parte de esa belleza; unos impresionantes ojos verdes, un rostro limpioy sereno y sobre todo con una dulzura que jamás vi en otra persona. Su indumentaria totalmente negra me recordó que hacía poco más de un año había perdido un hijo víctima como no de la droga.


Me contó, que su hijo el pequeño, había tenido problemas con la justicia y que temía al igual que yo, (que ya lo había visto en varias ocasiones trapicheando en “El Torete”), que terminase como su hermano.


– Quiero enseñarte una cosa, espera, (dijo mientras entraba en su alcoba). Esta mañana, escondido en su cuarto, he encontrado esto…


El corazón me dio un vuelco cuando apareció de nuevo con nada más y nada menos que ¡el cuadro de Hipólito!


– Está arrepentido Perico, después de formarle una bronca de aupa, decidió devolverlo y yo misma, por si acaso, le acompañé, pero cuando estábamos a punto de abrir la puerta escuchamos voces, por la ventana vi que eras tú, y el resto ya lo sabes…, confio en ti y estoy segura que no se lo diras a la policía.





Prometiendole que no lo haría y deseándole mucha suerte, salí pitando. Tenía que avisar a Pepe, me decía mientras bajaba los escalones de tres en tres, cuando de pronto sin saber muy bien porque, se encontró rodando escaleras abajo. Ya en el patio sin posibilidad de rodar más, me disponía a incorporarme y “evaluar los daños” sufridos en mi cuerpo serrano tras semejante trompazo, cuando nuevamente algo pesad cayó sobre mi. Despues de unos segundos, que me parecieron interminables. Logre no con poco esfuerzo apartar un asqueroso trasero de mi cara. Aunque aún mas repugnante era su dueño: El mismísimo D. Antolin Mier de Cilla. Ser usurero, mangante y estafador. Un depredador mezcla entre tiburón y rata de cloaca.

Continuara….

Relato corto “Cosas y casos de Cádiz” CAPITULO V

 

     
                                   CAPITULO V

 Aquella mañana, mientras tomaba su café en el club de empresarios D. Antolín Mier de Cilla, no pudo evitar dar un salto de alegría. Menudo notición acababa de leer en el Diario de Cádiz: Hipólito Gómez Tristón, muerto. ¡Cojonudo!, un pordiosero menos y sobre todo un inquilino que dejaba libre uno de sus “partiditos” con renta antigua. No tendría ningún problema en encontrar un nuevo inquilino cobrándole 4 o 5 veces más de lo que le pagaba el borrachín de Hipólito, ese desgraciado al que apodaban en su barrio algo así como “Pesqui” , “Pesco”…… o que se yo. Daba igual como se llamara ese paria, ahora mismo iría a cambiar la cerradura, no fuese que algún “ocupa” invadiera su propiedad, además, el muy desgraciado le debía dos meses de alquiler y de una u otra forma pensaba cobrarlos.
Rápidamente se dirigió a casa de Hipólito. Por el camino practicaba su juego favorito, que consistía en ir contando las fincas de su propiedad que se encontraba a su paso: 1, 2, 3, 4,…7,… Durante años ejerció como Director de la sucursal del Banco Hispano Americano, a la vez que se benefició siempre que pudo realizando directamente o participando en negocios no siempre legales relacionados con la especulación inmobiliaria. Fue uno de los que trincó una millonada cuando en los años 80 construyeron en lo que fue la Plaza de Toros de Cádiz un buen número de viviendas de lujo de 50 millones de pesetas de las de hace 30 años, y aunque para la historia el ultimo festejo que se celebró en la malograda plaza fue del “Bombero Torero”, para muchos gaditanos la última “cuadrilla “ que pisó el albero, estuvo formada por rateros de guante blanco, ventajistas y afectos al Regimen, que lograron su demolición para dar semejante pelotazo inmobiliario, que para mas inri fue celebrado con gran algarabía por el pueblo llano, al que convencieron con la milonga de que durante la guerra civil, se utilizo como lugar de fusilamiento. Esto era cierto, pero si por ese motivo hay que derruir una finca, plaza de toros, campo de fútbol o cualquier sitio donde los fascistas cometieron todo tipo de atrocidades, tendrían que tirar medio Cádiz. Empezando por el Castillo de San Sebastián, escenario del primer fusilado en Cádiz, el Gobernador Zapico, por orden de un compañero de armas, (pues Zapico era militar) y lo que es la vida: mientras al traidor se le puso una avenida a su nombre, Zapico 75 años después, sigue siendo un desconocido en Cádiz.

Volviendo a la vida y obra de D. Antolin, años después, su nombre sonó como uno de los principales “asusta viejas” de la ciudad que presionan a inquilinos que pagan alquileres bajos para que abandonen sus viviendas y poder comprar así los inmuebles en los que viven (para demolerlos y construir nuevas viviendas o simplemente para conseguir mayores rentas). Eso precipito su “prejubilación” del Banco, pero poco le importaba, pues para entonces ya era inmensamente rico.
Continuará…

Relato corto "Cosas y casos de Cádiz" CAPITULO V

 

     
                                   CAPITULO V

 Aquella mañana, mientras tomaba su café en el club de empresarios D. Antolín Mier de Cilla, no pudo evitar dar un salto de alegría. Menudo notición acababa de leer en el Diario de Cádiz: Hipólito Gómez Tristón, muerto. ¡Cojonudo!, un pordiosero menos y sobre todo un inquilino que dejaba libre uno de sus “partiditos” con renta antigua. No tendría ningún problema en encontrar un nuevo inquilino cobrándole 4 o 5 veces más de lo que le pagaba el borrachín de Hipólito, ese desgraciado al que apodaban en su barrio algo así como “Pesqui” , “Pesco”…… o que se yo. Daba igual como se llamara ese paria, ahora mismo iría a cambiar la cerradura, no fuese que algún “ocupa” invadiera su propiedad, además, el muy desgraciado le debía dos meses de alquiler y de una u otra forma pensaba cobrarlos.
Rápidamente se dirigió a casa de Hipólito. Por el camino practicaba su juego favorito, que consistía en ir contando las fincas de su propiedad que se encontraba a su paso: 1, 2, 3, 4,…7,… Durante años ejerció como Director de la sucursal del Banco Hispano Americano, a la vez que se benefició siempre que pudo realizando directamente o participando en negocios no siempre legales relacionados con la especulación inmobiliaria. Fue uno de los que trincó una millonada cuando en los años 80 construyeron en lo que fue la Plaza de Toros de Cádiz un buen número de viviendas de lujo de 50 millones de pesetas de las de hace 30 años, y aunque para la historia el ultimo festejo que se celebró en la malograda plaza fue del “Bombero Torero”, para muchos gaditanos la última “cuadrilla “ que pisó el albero, estuvo formada por rateros de guante blanco, ventajistas y afectos al Regimen, que lograron su demolición para dar semejante pelotazo inmobiliario, que para mas inri fue celebrado con gran algarabía por el pueblo llano, al que convencieron con la milonga de que durante la guerra civil, se utilizo como lugar de fusilamiento. Esto era cierto, pero si por ese motivo hay que derruir una finca, plaza de toros, campo de fútbol o cualquier sitio donde los fascistas cometieron todo tipo de atrocidades, tendrían que tirar medio Cádiz. Empezando por el Castillo de San Sebastián, escenario del primer fusilado en Cádiz, el Gobernador Zapico, por orden de un compañero de armas, (pues Zapico era militar) y lo que es la vida: mientras al traidor se le puso una avenida a su nombre, Zapico 75 años después, sigue siendo un desconocido en Cádiz.

Volviendo a la vida y obra de D. Antolin, años después, su nombre sonó como uno de los principales “asusta viejas” de la ciudad que presionan a inquilinos que pagan alquileres bajos para que abandonen sus viviendas y poder comprar así los inmuebles en los que viven (para demolerlos y construir nuevas viviendas o simplemente para conseguir mayores rentas). Eso precipito su “prejubilación” del Banco, pero poco le importaba, pues para entonces ya era inmensamente rico.
Continuará…

Relato Corto “Cosas y Casos de Cádiz” Capítulo IV

CAPÍTULO IV

    El cura fue puntual y el responso breve, no duró más de 5 minutos. Según nos dijo el somnoliento empleado el proceso de incineración llevaría unas tres horas y que las cenizas sólo podían ser entregadas a la familia. Pepe, le apostillo que el finado carecía de ella y que las personas más allegadas éramos nosotros. Lanzándonos una mirada extraña, nos rogó aguardáramos un momento y se perdió por uno de los pasillos.


 Al poco vimos que volvía con otra persona, que se presento como D.Torcuato Topillo. Director del Tanatorio. No debía medir Torcuato más de metro y medio y parecía un personaje de tebeo: Grandes orejas de soplillo, pronunciada nariz en cuya punta descansaba unas diminutas gafas y dientes de ratón. Verdaderamente hacía honor a su apellido.


Una vez hechas las presentaciones, en tono solemne nos dijo:


– Lamento comunicarles que nos es del todo imposible hacerles entrega de las cenizas, salvo autorización de la familia. Pues hace un par de horas yo mismo atendí a un hombre que se identifico como primo del difunto.
Eso no puede ser, le dije. Ni el finado tenía familia alguna, ni en toda la noche ese “primo” ha hecho acto de presencia en la sala donde mi compañero, miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado (dije para impresionar) y un servidor hemos estado velando a nuestro amigo. Quizás fuese algún vecino o conocido del barrio, pero familiar; del todo imposible.
Topillo nos contestó que era normal que no le conociéramos, pues según el individuo en cuestión, hacía años, no tenía contacto alguno con el difunto a causa de una riña familiar sin importancia, pero que durante todo este tiempo no había dejado de tener noticias de él, mediante amigos del barrio, los mismos que unas horas antes habían tenido la amabilidad de avisarle de tamaña desgracia.
Por supuesto, no me tragué semejante trola y una corazonada hizo que de inmediato tuviese la certeza de la identidad del “Primo”.
-¿Y dígame, Sr Topillo? , ¿podría hacernos una pequeña descripción física de ese individuo?,
– por supuesto, Unos 35 años, muy educado, de aspecto impecable… (y pelo engominado, pensé). Siguiendo sus explicaciones nos contó Topillo que le había preguntado quienes éramos, pues le daba algo de reparo presentarse de sopetón sin tan siquiera saber la identidad de aquellos que tan bien se habían portado con el difunto. Le contesté que eran sus amistades mas intimas, amigos del barrio que…
Pues sepa Vd., dije, interrumpiendo a Topillo que no sabemos el origen de este malentendido, pero con primo o sin él, según la documentación que le hemos aportado a la Funeraria, la Sra. Jueza nos ha otorgado la responsabilidad de hacernos cargo de nuestro amigo por tanto si ese “primo” volviese, mucho le agradecería que nos avisase. El Sr. Agente le facilitará nuestros teléfonos a tal fin. Tuve que dar un codazo a Pepe, pues miraba de un lado a otro buscando al Agente, hasta que el muy zoquete se percató de que me refería a él. Además continué, en tono grave, ha violado Vd. la LPDD, que como sabrá “Sr Soplillo”,  es la “Ley de Protección de Datos de Difuntos”, en la que en el Artículo 3 apartado 4, expresamente prohíbe a Funerarias y Tanatorios, la difusión de cualquier información del finado a personas no habilitadas para ello. ¿Le acreditó en algún momento el parentesco con algún tipo de documento oficial?.
Conteste por favor, mientras que el Sr agente toma nota de su declaración:
Todos. Pepe, el empleado de la funeraria y Topillo, estaban con la boca abierta. Jamás Topillo había oído hablar de dicha Ley, lo cual no era nada extraño pues me la acababa de inventar.


 Le quedaban al Sr Director un par de años para jubilarse y no se iba a complicar la vida. Suplicó al Sr. “Agente”, que por favor no informara a sus superiores. Una mancha en su expediente a estas alturas sería su ruina, al fin y al cabo nadie había salido perjudicado. Una fuerte patada en la espinilla impidió que Pepe, emocionado.,  se abrazara llorando a Soplillo, quien quedó eternamente agradecido cuando le dijimos que pasaríamos por alto el incidente. Accedió Soplillo de buen grado a guardarnos las cenizas durante unos días, avisarnos si venia el “Primo” y a darme fotocopia de la partida de defunción del “Pescui” Con todo, mas dos caja de velas y otra de Rosarios y Escapularios, regalo del amigo Topillo, salimos corriendo del tanatorio en busca de un Taxi con dirección a la casa de Hipólito.


A simple vista, la casa de Hipólito se encontraba igual que en nuestra anterior visita. Invité a Pepe a sentarse y le puse al corriente de la situación: La extrañas circunstancias de su muerte, el tipo del pelo engominado ¿Para qué había ido al Tanatorio?, para mí estaba claro que para sonsacar información. Por algún motivo quería saber de nosotros, lo que quería decir que muy poco conocía de Hipólito.




Pepe se descojonaba. – ¡Anda ya Perico!, ¿Tú estas chalao?, ¿insinúas que “El Pescui” fue asesinado? Jajajajjajajajjajaja.


– No sólo lo insinúo amigo Pepe. Tengo pruebas, le dije.


– ¿Pruebas?, ¿Qué pruebas?


– Abrí el sobre que me había dado Topillo con la copia de la documentación y alargándole con un brazo la Partida de Defunción, le dije: Aquí la tienes, léela despacito espabilao.


– Si Perico, ya veo. Una partida de defunción, pero no me hace falta leerla para saber que El Pescui está tieso como una mojama.


– Fijate bien Pepe, saca tu olfato de Policía. ¿No ves nada extraño en ella?. Te voy a dar una pista: ¿Qué hora probable pone la forense del fallecimiento?


– Entre las 4 y las 5 de la mañana, ¿pero qué tiene eso que ver?.


– Veamos Pepe. Los chavales encontraron al muerto sobre las 8 de la mañana. ¿no? Eran horas de Pleamar, Pepe. ¿Qué coño hacía Hipólito a esas horas vestido de buzo en el puente Canal con pleamar y completamente a oscuras?, No Pepe, a Hipólito lo asesinaron en otro sitio, lo trasladaron en coche al final del Puente, le pusieron los avíos de bucear y lo tiraron al mar. ¿Pero quién y por qué?, eso es lo que debíamos averiguar.


La muerte de Hipólito era el principal tema de conversación en el barrio, la conmoción era grande, pues por desgracia en esa zona de Cádiz, había muchos “Hipólitos”, pertenecientes a una generación en la que el paro, la droga y la marginación les habían convertido en lo que se suele decir “carne de cañón”. Hombre y mujeres que por su edad debieran ser padres o madres de familia con las alegrías y tristezas que ello conlleva, se habían convertido en una especie de “Zombis”, sin otra motivación que conseguir dinero para la siguiente dosis. Rara era la familia que no tenía uno de ellos entre sus miembros, por lo que hechos como este sumían al barrio en una especie de tristeza colectiva al ser conscientes del trágico final que tarde o temprano les aguardaba a sus seres queridos.


Continuará…