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RELATO CORTO "COSAS Y CASOS DE CADIZ" CAPITULO VII

CAPITULO VII                        

Cada mañana se le hacía más cuesta arriba subir aquellas escaleras del edificio de oficinas. Amaba su profesión, pero cada día que pasaba,  su vida se parecía menos a aquella que Américo Guzmán, imaginó cuando terminó la Universidad. Se había convertido en un maldito burócrata, cuya  labor principal consistía en rellenar interminables formularios, redactar estúpidos informes que no servían para nada y leer la montaña de documentación que le llegaba a diario. La mayoría Boletines Oficiales en los que daban cuenta…, Que se modificaba por la presente, parcialmente el contenido del Decreto 569/94 en su artículo IV apartado III, que a su vez era una modificación del Decreto 1455/80 art 2 apartado XXI, que a su vez, te remitía a otro y otro Boletín, y todo eso al final se traducía en la aclaración de cualquier chorrada. Y eso en el mejor de los casos, pues normalmente, tanta modificación “aclaratoria”, no hacía más que hacer mas farragoso entender minimamente lo que allí se decía. No le extrañaba que en tiempos, la que fue Directora del BOE, se hiciera multimillonaria con “la mordida” que recibía de los proveedores de papel.

Cuando 15 años atrás, recién terminada la carrera, se vino a vivir a España, una de las cosas que más le llamó la atención, fue el grado de corrupción existente. Hasta entonces, pensaba que eso era patrimonio de los países tercermundistas, pero no. Constantemente veía un trasiego de sobres que cambiaban de manos, acompañados de frases del estilo de “ahí va lo tuyo…” o “no olvides incluir lo mío…” Al final, de tanto oírlo, te parece hasta normal, y con un “Total, todo el mundo lo hace…”, lavas la conciencia y tarde o temprano entras a formar parte del engranaje. Sólo es cuestión de tiempo.

Todas las tardes hacía algo de ejercicio en el gimnasio, pero aquella esplendida tarde de primavera decidió dar un paseo por la playa Victoria que estaba bastante concurrida para esa época del año. Personas mayores y parejas de novios que como él aprovechaban la bajamar para pasear descalzos por la orilla.

Fue entonces cuando Américo Guzmán recibió una llamada que cambió para siempre no sólo su vida, sino la de muchas otras personas que ni tan siquiera llegaría a conocer jamás…

Mientras intentaba sacudir el polvo de su carísimo traje, D. Antolin, lanzaba toda clase de improperios a aquellas personas que habían sido testigos de semejante “carambola” y que a pesar del “respeto” que le profesaban, no podían contener la risa.

En un intento de suavisar la situación y que la cosa no llegara a mayores, intenté explicarme y pedirle perdón. Incluso me ofrecí a hacerme cargo de los gastos de la tintorería, pero como era de esperar solo recibí en tono burlon un – ¡Hombre! ¿Mira quién tenemos aquí?, el insigne “Gestor Administrativo” del barrio. Y por lo que veo complementa su actividad con la de vulgar chorizo.

En un primer instante, no comprendí a qué se refería pero pronto lo adiviné, al ver como sus ojos de ave de rapiña, estaban clavados en el cuadro de Hipólito, que aún andaba por los suelos.


A pesar de estar entrado en carnes y con seguridad haber sobrepasado los 60 años, con la agilidad de una Gineta, se abalanzó sobre él y antes de que alguien pudiera reaccionar, Antolín se había hecho con el cuadro. Ya le tenía el ojo echado desde hacía tiempo. Lo había visto en alguna ocasión, cuando iba a cobrarle a su propietario e incluso llegó en cierta ocasión a hacerle una oferta, misera por supuesto, a Hipólito por él, recibiendo como respuesta un sonoro y rotundo ¡NO!.

La belleza del cuadro, pero más aún el gustazo de despojar a ese miserable de su bien más preciado, acentuaba el deseo de poseerlo. Tenía la seguridad de que más pronto que tarde el cuadro sería suyo.

Siguiendo con el mismo tono burlón, se apresuró a decir:


– El finado, que Dios lo acoja en el Reino de los cielos, tenía firmado un reconocimiento de deuda por el impago de varios meses de alquiler de su vivienda. Me llevo el cuadro en pago de la misma.´

Mi trabajo me costó impedir que los allí concentrados, no aprovecharan el momento y le arrebatasen el botín para devolvérmelo, y de paso, amparándose en la masa, darle una soberana paliza a semejante cabronazo, pero eso sólo empeoraría las cosas. Intervendría la Policía y tendría que dar demasiadas explicaciones. Lo primero, de donde había sacado el cuadro, y eso implicaría a Manuela y a su hijo. No, La única salida era recuperar el cuadro como fuese y esto incluía entrar en casa de D. Antolín y “tomarlo prestado”.


Había que elaborar un plan……

Relatos cortos. "COSAS Y CASOS DE CÁDIZ" Capítulos VI y VII

CAPITULO VI
                                                                                              

A pesar del cachondeíto de Pepe, yo estaba convencido de que en aquel cuartucho estaba o había estado la clave del asesinato del pobre Hipólito, por lo que le pedí que me echara una mano a ver que encontrábamos. Después de una intensa búsqueda entre sus pertenencias que prácticamente se limitaban a un par de mudas de ropa y una viejísima maleta con algunas fotos, casi todas con su admirado Paco “El Pantera”, nos convencimos de que allí no había nada. Desanimado y cansado me senté en la cama, observando el desolado espectáculo de aquel cuartucho miserable, lleno de humedades y goteras. Me vino a la memoria la imagen años atrás de un sonriente Hipólito, que ilusionado me contaba que se había “independizado”, de las monjitas y había alquilado un cuartito en pleno barrio de La Viña.


– Ya sabes Perico, pa´qué quiero más, con tener un techo donde dormir, me conformo. La cocina y el váter son comunitarios, pero pal tiempo que voy a estar en casa….. Además, raro es el día que alguna vecina no me sube un platito de lo que guise, así que tengo techo, cama y comida. Ahora voy a comprar los avíos para darle un par de manitas de cal, para que esté limpito.


Pobrecito, la ilusión que tenía. Parecía como si le hubiese tocado un piso en la Avenida.


A juzgar por el estado en el que se encontraban aquellas paredes que un día fueron blancas, nunca más habían visto la cal de cerca.


– ¡Anda que no tenía mierda ni ná el Hipólito!. (exclamó Pepe) ¿Cuánto hará que pasó una fregona por el suelo?. Fíjate Perico, ahí en esa esquina como se nota que durante mucho tiempo, el jodio tuvo colgado un cuadro.Jajajaja






No pude resistir el impulso de dar un fuerte abrazo a Pepe, quien desconcertado, no entendía nada. ¡¡¡ el cuadro!!!, esa era la clave que andamos buscando. Estaba claro que alguien se lo había llevado. Seguramente, fue lo único que se llevó el chorizo que horas antes había visitado aquel mismo lugar.


Ahora recordaba, como hace años un día estando en “El Bizco”, entró “el Pantera”, preguntando por él. Creo que fue Leonardo quien le dijo que lo vio bien temprano cuando estaba abriendo su local y que llevaba los avíos de buceo, por lo que de seguro no volvería hasta la tarde.


– Bueno no importa, dijo, entrégale esto cuando le veas y dejó sobre el mostrador un cilindro de esos que se usan para meter planos y cosas así.


– Un regalo de “fin de curso”, dijo sonriendo. Dile que lo cuide y que cuando se encuentre desanimado, lo contemple atentamente. Ni siquiatra ni nada. Esta vista lo cura todo, concluyó con una carcajada.


Ni que decir tiene que apenas Paco dobló la esquina, todos nos abalanzamos sobre el cilindro, y en un periquete nos encontrábamos admirando un lienzo. Una bonita Marina. Pintado sin duda por el mismísimo Paco.

Sin lugar a dudas se trataba del mismo cuadro que Hipólito había recibido como regalo de Paco y que había permanecido colgado en esa pared desde aquel día.

 Mucho debió apreciarlo su dueño, cuando lo conservó y no lo vendio en épocas de necesidad. Teníamos que encontrarlo como fuera para lo que era imprescindible organización, por lo que le dije a Pepe que fuese “Al Torete” en busca de información. Yo mientras, preguntaría a los vecinos y por el barrio. Alguien tuvo que ver algo…

¡¡¡Cómo disfrutaba!!!. En esos momentos era consciente del poder que tenía entre esa gentuza. Se apartaban a su paso y le saludaban o más bien le reverenciaban. Sabía que lo hacían por puro miedo y que todos y cada uno de ellos le despreciaban profundamente, pero eso era lo mejor, esa sumisión a la que se veían obligados si no querían dormir esa noche en la calle. Mes tras mes, Antolín aguardaba ansioso a que llegase el día uno para ir a cobrarles el alquiler a esos robaperas, no sólo por el dinero, que aunque era cuestión importante, no podía compararse con experimentar nuevamente esa sensación de poder sobre aquellos seres miserables. En sus manos estaba prácticamente sus vidas. A libre albedrio podía echarlos a patadas de su propiedad o concederles una prórroga de pago a cambio, claro está, del pago de unos intereses leoninos. Y ejercer ese poder, le producía un placer indescriptible.


Mientras bajaba las escaleras de la casa del pobre Hipólito, oí un siseo, que me hizo volver la cabeza, pero no vi a nadie, por lo que seguí bajando. Una vez en el patio, aunque casi inaudible,  distinguí claramente, como una voz de mujer me llamaba por mi nombre. En una ventana del segundo piso, justo debajo del cuarto de Hipólito, una mano asomaba gesticulando que subiera. Ya en el rellano. De una puerta entreabierta, asomaba el rostro de una mujer, aunque bien pudiera ser confundido con la de un angel.


– Hola Manuela.


– Hola Perico. Pasa por favor y siéntate.

– Cuanto tiempo sin verte.Que pena lo del Hipólito, ¿verdad?.


Mientras hablaba, yo recordaba aquel verano. Tendríamos ¿catorce?, ¿quince años?, no recuerdo exactamente, lo único que ha quedado en mi memoria es aquellos días de playa, los paseos por el parque y la tunda que me dio su hermano Arturito, cuando le dijeron que yo andaba tonteando con ella.


• Si te veo con mi hermana prepárate Mameluco.






No me hizo Dios (si es que existe) para luchar contra las adversidades, así que ese fue el fin de nuestro noviazgo, y como el que no se consuela es porque no quiere, yo lo hice pensando que pocos chavales podían presumir de haber salido con sin duda, la chiquilla más guapa de Cádiz.


Aún Conservaba Manuela gran parte de esa belleza; unos impresionantes ojos verdes, un rostro limpioy sereno y sobre todo con una dulzura que jamás vi en otra persona. Su indumentaria totalmente negra me recordó que hacía poco más de un año había perdido un hijo víctima como no de la droga.


Me contó, que su hijo el pequeño, había tenido problemas con la justicia y que temía al igual que yo, (que ya lo había visto en varias ocasiones trapicheando en “El Torete”), que terminase como su hermano.


– Quiero enseñarte una cosa, espera, (dijo mientras entraba en su alcoba). Esta mañana, escondido en su cuarto, he encontrado esto…


El corazón me dio un vuelco cuando apareció de nuevo con nada más y nada menos que ¡el cuadro de Hipólito!


– Está arrepentido Perico, después de formarle una bronca de aupa, decidió devolverlo y yo misma, por si acaso, le acompañé, pero cuando estábamos a punto de abrir la puerta escuchamos voces, por la ventana vi que eras tú, y el resto ya lo sabes…, confio en ti y estoy segura que no se lo diras a la policía.





Prometiendole que no lo haría y deseándole mucha suerte, salí pitando. Tenía que avisar a Pepe, me decía mientras bajaba los escalones de tres en tres, cuando de pronto sin saber muy bien porque, se encontró rodando escaleras abajo. Ya en el patio sin posibilidad de rodar más, me disponía a incorporarme y “evaluar los daños” sufridos en mi cuerpo serrano tras semejante trompazo, cuando nuevamente algo pesad cayó sobre mi. Despues de unos segundos, que me parecieron interminables. Logre no con poco esfuerzo apartar un asqueroso trasero de mi cara. Aunque aún mas repugnante era su dueño: El mismísimo D. Antolin Mier de Cilla. Ser usurero, mangante y estafador. Un depredador mezcla entre tiburón y rata de cloaca.

Continuara….

Relato corto "Cosas y casos de Cádiz" CAPITULO V

 

     
                                   CAPITULO V

 Aquella mañana, mientras tomaba su café en el club de empresarios D. Antolín Mier de Cilla, no pudo evitar dar un salto de alegría. Menudo notición acababa de leer en el Diario de Cádiz: Hipólito Gómez Tristón, muerto. ¡Cojonudo!, un pordiosero menos y sobre todo un inquilino que dejaba libre uno de sus “partiditos” con renta antigua. No tendría ningún problema en encontrar un nuevo inquilino cobrándole 4 o 5 veces más de lo que le pagaba el borrachín de Hipólito, ese desgraciado al que apodaban en su barrio algo así como “Pesqui” , “Pesco”…… o que se yo. Daba igual como se llamara ese paria, ahora mismo iría a cambiar la cerradura, no fuese que algún “ocupa” invadiera su propiedad, además, el muy desgraciado le debía dos meses de alquiler y de una u otra forma pensaba cobrarlos.
Rápidamente se dirigió a casa de Hipólito. Por el camino practicaba su juego favorito, que consistía en ir contando las fincas de su propiedad que se encontraba a su paso: 1, 2, 3, 4,…7,… Durante años ejerció como Director de la sucursal del Banco Hispano Americano, a la vez que se benefició siempre que pudo realizando directamente o participando en negocios no siempre legales relacionados con la especulación inmobiliaria. Fue uno de los que trincó una millonada cuando en los años 80 construyeron en lo que fue la Plaza de Toros de Cádiz un buen número de viviendas de lujo de 50 millones de pesetas de las de hace 30 años, y aunque para la historia el ultimo festejo que se celebró en la malograda plaza fue del “Bombero Torero”, para muchos gaditanos la última “cuadrilla “ que pisó el albero, estuvo formada por rateros de guante blanco, ventajistas y afectos al Regimen, que lograron su demolición para dar semejante pelotazo inmobiliario, que para mas inri fue celebrado con gran algarabía por el pueblo llano, al que convencieron con la milonga de que durante la guerra civil, se utilizo como lugar de fusilamiento. Esto era cierto, pero si por ese motivo hay que derruir una finca, plaza de toros, campo de fútbol o cualquier sitio donde los fascistas cometieron todo tipo de atrocidades, tendrían que tirar medio Cádiz. Empezando por el Castillo de San Sebastián, escenario del primer fusilado en Cádiz, el Gobernador Zapico, por orden de un compañero de armas, (pues Zapico era militar) y lo que es la vida: mientras al traidor se le puso una avenida a su nombre, Zapico 75 años después, sigue siendo un desconocido en Cádiz.

Volviendo a la vida y obra de D. Antolin, años después, su nombre sonó como uno de los principales “asusta viejas” de la ciudad que presionan a inquilinos que pagan alquileres bajos para que abandonen sus viviendas y poder comprar así los inmuebles en los que viven (para demolerlos y construir nuevas viviendas o simplemente para conseguir mayores rentas). Eso precipito su “prejubilación” del Banco, pero poco le importaba, pues para entonces ya era inmensamente rico.
Continuará…

Relato Corto "Cosas y Casos de Cádiz" Capítulo IV

CAPÍTULO IV

    El cura fue puntual y el responso breve, no duró más de 5 minutos. Según nos dijo el somnoliento empleado el proceso de incineración llevaría unas tres horas y que las cenizas sólo podían ser entregadas a la familia. Pepe, le apostillo que el finado carecía de ella y que las personas más allegadas éramos nosotros. Lanzándonos una mirada extraña, nos rogó aguardáramos un momento y se perdió por uno de los pasillos.


 Al poco vimos que volvía con otra persona, que se presento como D.Torcuato Topillo. Director del Tanatorio. No debía medir Torcuato más de metro y medio y parecía un personaje de tebeo: Grandes orejas de soplillo, pronunciada nariz en cuya punta descansaba unas diminutas gafas y dientes de ratón. Verdaderamente hacía honor a su apellido.


Una vez hechas las presentaciones, en tono solemne nos dijo:


– Lamento comunicarles que nos es del todo imposible hacerles entrega de las cenizas, salvo autorización de la familia. Pues hace un par de horas yo mismo atendí a un hombre que se identifico como primo del difunto.
Eso no puede ser, le dije. Ni el finado tenía familia alguna, ni en toda la noche ese “primo” ha hecho acto de presencia en la sala donde mi compañero, miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado (dije para impresionar) y un servidor hemos estado velando a nuestro amigo. Quizás fuese algún vecino o conocido del barrio, pero familiar; del todo imposible.
Topillo nos contestó que era normal que no le conociéramos, pues según el individuo en cuestión, hacía años, no tenía contacto alguno con el difunto a causa de una riña familiar sin importancia, pero que durante todo este tiempo no había dejado de tener noticias de él, mediante amigos del barrio, los mismos que unas horas antes habían tenido la amabilidad de avisarle de tamaña desgracia.
Por supuesto, no me tragué semejante trola y una corazonada hizo que de inmediato tuviese la certeza de la identidad del “Primo”.
-¿Y dígame, Sr Topillo? , ¿podría hacernos una pequeña descripción física de ese individuo?,
– por supuesto, Unos 35 años, muy educado, de aspecto impecable… (y pelo engominado, pensé). Siguiendo sus explicaciones nos contó Topillo que le había preguntado quienes éramos, pues le daba algo de reparo presentarse de sopetón sin tan siquiera saber la identidad de aquellos que tan bien se habían portado con el difunto. Le contesté que eran sus amistades mas intimas, amigos del barrio que…
Pues sepa Vd., dije, interrumpiendo a Topillo que no sabemos el origen de este malentendido, pero con primo o sin él, según la documentación que le hemos aportado a la Funeraria, la Sra. Jueza nos ha otorgado la responsabilidad de hacernos cargo de nuestro amigo por tanto si ese “primo” volviese, mucho le agradecería que nos avisase. El Sr. Agente le facilitará nuestros teléfonos a tal fin. Tuve que dar un codazo a Pepe, pues miraba de un lado a otro buscando al Agente, hasta que el muy zoquete se percató de que me refería a él. Además continué, en tono grave, ha violado Vd. la LPDD, que como sabrá “Sr Soplillo”,  es la “Ley de Protección de Datos de Difuntos”, en la que en el Artículo 3 apartado 4, expresamente prohíbe a Funerarias y Tanatorios, la difusión de cualquier información del finado a personas no habilitadas para ello. ¿Le acreditó en algún momento el parentesco con algún tipo de documento oficial?.
Conteste por favor, mientras que el Sr agente toma nota de su declaración:
Todos. Pepe, el empleado de la funeraria y Topillo, estaban con la boca abierta. Jamás Topillo había oído hablar de dicha Ley, lo cual no era nada extraño pues me la acababa de inventar.


 Le quedaban al Sr Director un par de años para jubilarse y no se iba a complicar la vida. Suplicó al Sr. “Agente”, que por favor no informara a sus superiores. Una mancha en su expediente a estas alturas sería su ruina, al fin y al cabo nadie había salido perjudicado. Una fuerte patada en la espinilla impidió que Pepe, emocionado.,  se abrazara llorando a Soplillo, quien quedó eternamente agradecido cuando le dijimos que pasaríamos por alto el incidente. Accedió Soplillo de buen grado a guardarnos las cenizas durante unos días, avisarnos si venia el “Primo” y a darme fotocopia de la partida de defunción del “Pescui” Con todo, mas dos caja de velas y otra de Rosarios y Escapularios, regalo del amigo Topillo, salimos corriendo del tanatorio en busca de un Taxi con dirección a la casa de Hipólito.


A simple vista, la casa de Hipólito se encontraba igual que en nuestra anterior visita. Invité a Pepe a sentarse y le puse al corriente de la situación: La extrañas circunstancias de su muerte, el tipo del pelo engominado ¿Para qué había ido al Tanatorio?, para mí estaba claro que para sonsacar información. Por algún motivo quería saber de nosotros, lo que quería decir que muy poco conocía de Hipólito.




Pepe se descojonaba. – ¡Anda ya Perico!, ¿Tú estas chalao?, ¿insinúas que “El Pescui” fue asesinado? Jajajajjajajajjajaja.


– No sólo lo insinúo amigo Pepe. Tengo pruebas, le dije.


– ¿Pruebas?, ¿Qué pruebas?


– Abrí el sobre que me había dado Topillo con la copia de la documentación y alargándole con un brazo la Partida de Defunción, le dije: Aquí la tienes, léela despacito espabilao.


– Si Perico, ya veo. Una partida de defunción, pero no me hace falta leerla para saber que El Pescui está tieso como una mojama.


– Fijate bien Pepe, saca tu olfato de Policía. ¿No ves nada extraño en ella?. Te voy a dar una pista: ¿Qué hora probable pone la forense del fallecimiento?


– Entre las 4 y las 5 de la mañana, ¿pero qué tiene eso que ver?.


– Veamos Pepe. Los chavales encontraron al muerto sobre las 8 de la mañana. ¿no? Eran horas de Pleamar, Pepe. ¿Qué coño hacía Hipólito a esas horas vestido de buzo en el puente Canal con pleamar y completamente a oscuras?, No Pepe, a Hipólito lo asesinaron en otro sitio, lo trasladaron en coche al final del Puente, le pusieron los avíos de bucear y lo tiraron al mar. ¿Pero quién y por qué?, eso es lo que debíamos averiguar.


La muerte de Hipólito era el principal tema de conversación en el barrio, la conmoción era grande, pues por desgracia en esa zona de Cádiz, había muchos “Hipólitos”, pertenecientes a una generación en la que el paro, la droga y la marginación les habían convertido en lo que se suele decir “carne de cañón”. Hombre y mujeres que por su edad debieran ser padres o madres de familia con las alegrías y tristezas que ello conlleva, se habían convertido en una especie de “Zombis”, sin otra motivación que conseguir dinero para la siguiente dosis. Rara era la familia que no tenía uno de ellos entre sus miembros, por lo que hechos como este sumían al barrio en una especie de tristeza colectiva al ser conscientes del trágico final que tarde o temprano les aguardaba a sus seres queridos.


Continuará…

Relato Corto "Cosas y Casos de Cádiz" Capítulo III

CAPÍTULO III
A falta de 3 días para la celebración del tradicional partido anual, ya se respiraba en el barrio un ambiente casi festivo. Los vecinos olvidaban o por lo menos lo intentaban, todos los sus problemas que por lo general, se resumían en las dos grandes lacras; paro y droga. El bache era punto de encuentro para organizarlo todo: las mujeres se reunían y organizaban la comida para después del partido, aportando cada una lo que podía, los organizadores se reunían para ultimar detalles tan importantes como buscar patrocinadores para los Trofeos y uno de los puntos más conflictivos, definir alineaciones, suplentes y arbitro. Pues así como todo el mundo quería jugar, nadie se presentaba para arbitrar, pues raro era el año, en el que no “cobraba” y no precisamente dinero. Precisamente nos encontrábamos en la ardua tarea de la elección de “la víctima”, cuando un griterío nos hizo salir a la calle. Dos chavales atropelladamente gritaban que el Pescui se había ahogado. Más calmados y una vez pasado en parte el susto, esto es cuanto contaron:




Habían quedado bien temprano a las puertas de La Caleta para ir a pescar, pensaban ir a la punta del Sur, por lo que siguieron caminando hasta llegar al puente Canal. Al bajar por las rocas, se toparon con el pescui que flotaba boca abajo en la poza. Al principio al verlo con su traje y el tubo asomando, pensaron que buceaba, pero rápidamente se dieron cuenta de que algo raro pasaba y optaron por tirarse al agua y no sin dificultad sacar lo que sin duda era el cuerpo sin vida del malogrado Pescui. Rápidamente uno de ellos corrió a buscar ayuda y el resto: lo normal en estos casos, levantamiento del cadáver por parte del Juez de Guardia y traslado al Tanatorio.


Como me temía poco tardó la Guardia Civil en presentarse en el “Bizco” para recabar información sobre el difunto, domicilio, familiares………, Pepe y yo, que éramos los que más le conocíamos, les explicamos que no tenía familia, pues sus padres hacía años que habían fallecido y le dijimos que con gusto le acompañaríamos a su casa, a lo que asintieron los guardias no sin antes pedirnos que les acompañásemos al Tanatorio al reconocimiento oficial del cadáver, pues los dos chavales que le encontraron eran menores de edad.




El Juez resultó ser Jueza, con ella y los guardias nos dirigimos a reconocimiento, ratificando sin duda que se trataba del cuerpo de Hipolito Gómez Tristón. El forense, confirmó la causa de la muerte: Ahogamiento por inmersión. La Jueza ordenó a los guardias nos acompañasen a su casa a hacernos cargo de sus objetos personales y buscar documentación de cuentas bancarias, dinero en metálico o póliza de decesos que se hiciera cargo del entierro.





Llegamos a casa de Hipólito, un cuartucho de no más de 15 metros cuadrados no siendo necesario forzar la cerradura, pues la misma ya había sido reventada. Dimos por hecho que algún ratero de poca monta enterado del asunto, se nos había adelantado en busca de algo de valor, cuya existencia dudábamos. En cualquier caso ya había volado. Siendo así, alguien tenía que hacerse cargo del cadáver o preguntar en la Facultad de medicina quien en estos casos normalmente, lo hacía para las prácticas de los futuros galenos. No sabiendo en ese momento que hacer y con el visto bueno de la Jueza, acordamos nos otorgara unas horas para decidir.


Como siempre que había algo que discutir, nos dirigimos al bache, poniendo al tanto a los asiduos de todo lo acontecido. Respecto al espinoso tema de los gastos del entierro, que preveíamos problemático, no hubo ocasión para el debate, pues antes de plantearlo Leonardo “El Bizco”, sorpresivamente, me llamó con disimulo a un aparte y me dijo que todos los gastos los pagaría él, no sin antes hacerme jurar mil veces que Pepe y yo contáramos la trola que mejor nos pareciera, pero que guardásemos el secreto, con una media sonrisa dijo: “uno tiene una reputación que mantener…” Me soltó un sobre con treinta mil duros y volviendo a ser el Leonardo que durante años creí conocer me soltó un:
• Gastos a justificar, ¿ehhh?.



Acordamos Pepe y yo velar al muerto y ahí estábamos los dos, mejor dicho tres, solos. Muy de vez en cuando aparecía alguien del barrio, mujeres sobre todo y asomándose al féretro, soltaban un: “Que bien lo han dejado”, “Que guapo está” o un “ya descansó, pobrecito” . Los hombres sin embargo, entonaban un “se veía venir”, “él se lo ha buscado” y sentencias por el estilo. Andaba yo dándole vueltas al detalle del Bizco de correr con todos los gastos, llegando a la conclusión de cuan complicada es la naturaleza humana, por mucho que creas conocer a una persona, es impredecible la reacción que el ser humano puede tener ante un hecho bajo unas determinadas circunstancias. ¿Qué hace que en un momento dado un desconocido arriesgue su vida por ayudar a un extraño? , ¿Qué mueve a un ciudadano aparentemente normal a matar por una estúpida discusión de futbol? , ¿Que lleva a un tipo a negarle a un crio un vaso de agua, diciendo que para eso vende las botellas? o ponerle mala cara a un cliente de toda la vida por pedirle dos azucarillos para el café ? Y ese mismo ser avaro y miserable, sin tener porqué se ofrece anónimamente a el entierro a un extraño. absorto en esos pensamientos me encontraba, cuando a eso de medianoche aparecieron “El carapapa” y “Pacote” y fue un comentario de este último: – Pobrecillo, ahora que había dejado de beber, el que hizo que como el que aprietan un resorte despertara de mi aletargamiento fruto, sin duda, del cumulo de acontecimientos vividos en tan pocas horas.




– Repite eso que has dicho Pacote…


– Pues eso, que es una pena, ahora que había dejado de beber. Ya le viste el otro día en “El Bizco”, fresco como una lechuga. Además hace un par de días me lo encontré en la plaza de España y me paré con él. Iba sin una gota de alcohol Perico, que eso se nota. Nunca en la vida le vi tan contento, (bueno, la verdad nunca antes le vi contento ni mucho ni poco). Me dijo que su vida iba a cambiar . Pronto dejarían de conocerlo por “Pescui el borracho” y le llamarían por su nombre: Hipólito; Hipólito Gómez.


En segundos vinieron a mi mente, su encuentro con el engominado, el relato de los chavales, la cerradura reventada…. Y ahora el relato de Pacote. Me dió por pensar que si el muerto hubiese sido otro y no un pobre muerto de hambre, no se habrían dado tantas cosas por supuestas, en el reverso de una de las recordatorias que la funeraria ofrecía en su “Pack todo incluído”,” como unas horas antes nos dijo el empleado de la funeraria ”El Último Placer”. Un niñato, que parecía nos estaba vendiendo unas vacaciones en un Hotel de lujo en Cancun , empecé a escribir todo aquello que habíamos dado por supuesto en el caso de la muerte de Hipólito:




Todos: conocidos, policía y forense, dimos por hecho el ahogamiento como causa de la muerte. Ahogamiento, de un submarinista muy experimentado, aún con las importantes limitaciones físicas y para más enjundia en una poza que con bajamar no alcanzaba los tres metros de profundidad. A nadie le dio por preguntarse qué hacía Hipólito allí, , buceando en una poza que utilizaban los chiquillos para bañarse.




También, todos dimos por supuesto que fuese cosa de algún ratero de poca monta, el estado en el que nos encontramos su casa, y lo que más me chocaba: ¿que hacía Hipólito con un fulano que usaba trajes de los del Corte Inglés? Dándole vueltas al tema, pasé el resto de la noche, mientras Pepe roncaba que daba gusto




Ya clareaba el día, miré el reloj y vi con alivio que eran casi las 7 de la mañana, a las 9 estaba previsto que el cura diera un breve responso y se procediera a la incineración. Los más allegados habíamos acordado arrojar sus cenizas al mar. Pepe seguía roncando, así que fui a tomar algo al bar. Mientras daba buena cuenta de un café y una palmera de chocolate, dura como la madre que la parió, observaba a la gente. Es curioso, pero siempre pasa igual en los velatorios. Empiezan a formarse corrillos de familiares, compañeros de trabajo, vecinos… y en un par de horas queda reducido a dos grupos: el de los cotillas que se sitúan en lugar preferente cerca del finado, para controlar quien viene, quien va, y no perder hilo de todo cuanto ocurría para luego tener tema de conversación durante días. En un segundo grupo están los que optan por irse directamentte al bar.


Un par de horas más y los tenemos todos a una, descojonados contando chistes o comentando aquella anécdota graciosa que le ocurrió con el muerto. Todos jiji jaja, y de vez en cuando un “Ahhhiii” un “no somos nadie” o “Limpia era como ella sola”, dando paso a un nuevo ataque de risa, digo yo que motivada por el cansancio, los nervios o a un extraño mecanismo de nuestro cerebro que intenta mitigar con la risa tonta, la angustia que nos produce recordarnos nuestro inexorable futuro unido al de la guadaña.


Eran las 8 cuando uno de los ordenanzas del Tanatorio con cara de sueño nos entregó la Pensa. Ahí estaba la esquela de Hipólito:








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Continuará…

Capítulo II Relato Corto "Cosas y Casos de Cádiz



Cosas y Casos de Cádiz

Capítulo II
“EL PESCUI”
Andábamos porfiando por los puntos que teníamos Pacote y un servidor, pues sospechábamos que nos estaban haciendo trampas, cuando el carapapa interrumpió tan acalorada discusión.



– Psss, Callaaaaaaaa. Ahí viene, ahí viene… Llámalo Pacote que nos vamos a descojonar.
– “Pescui” ven. ¿Quieres una cervecita?.

Era la palabra clave pues, eran legendarias sus continuas borracheras. Era capaz de beberse todo aquello que oliese a alcohol. Un día de Reyes, en el albergue en el que solía dormir por aquel entonces, las monjitas le regalaron una de esas botellas de litro de Baron Dandy, y antes de que llegasen los churros, se había encalomao más de media.
Un mes estuvo ingresao, malísimo. Al borde de la muerte lo menos tres días, pero se recuperó. ¡Coño!, que fui yo a verlo y parecía un Marqués, tan tieso, con su pijama de raso y un batín que le llevaron las monjitas. Parecía otro, afeitaíto, aseado y repeinado. Pero fue recibir el alta y a los pocos días ya andaba por ahí ciego.


Cada vez que me cruzaba con él, me venían a la memoria imágenes de cuando jugabamos de chiquillos a lo que jugábamos siempre los niños de aquella época: Las bolas, los tapones, mangüiti……. y él siempre mirando, pues aún perteneciendo nosotros a lo que se ha dado en llamar proletariado, nombre fino para denominar a los pobres de solemnidad, aún los había más míseros, que por no tener no tenían como se suele decir ni mierda en las tripas. A esa clase había sido asignado El Pescui por obra y gracia del todopoderoso Dios y su infinita bondad. Según nos contaba el cura, en clases de catequesis, Dios nos tenía reservado para cuando la palmaramos, El Paraíso; yo lo imaginaba como un lugar donde no nos faltaría de ná: Pasta a tutiplén, casas, cochazos,…. Algo parecido al escaparate final que se llevaba el ganador del “Precio Justo”, por lo que llegué a la conclusión de que Joaquín Prats era Dios, o al menos uno se sus hombres de confianza.
Una cosa no entendía, porqué algunas personas disfrutaban en vida de todo ello y algunos teníamos que esperar a espicharla. Seguramente serían recomendados. Sí, eso debía de ser, así que en una de las clases de catequesis, le dije al cura con un guiño de complicidad, que a ver si podía hablar de lo mío para que no se molestara en guardármelo un montón de años, lo quería disfrutar aquí y ahora. Un pellizco en el brazo, acompañado de una colleja, me hizo volver a la realidad. Eu ese momento, lo vi vlaro, y tuve la certeza de que jamás tendría nada de lo prometido, y que to era cuento de los curas así que le dije a mi madre que de comunión nanai, lo que fue recibido por mi familia con no poca alegría, pues no andaba la economía familiar para celebraciones, en las que siempre gastas lo que no tienes.
El día señalado paa mi Comunión, mi padre nos llevó a mí hermano y a mí a “La Bota de Oro” a conprarnos unos zapatos “Gorila” que era una de las ilusiones de la chiquillería de la época, no por el zapato en sí, lo importante era la pelotita de goma que te reglaban. De allí a “La Privadilla” a comernos medio pollo asado con papas fritas cada uno, mientras admabamos las cabezas de toros que dornaban el local. Mi padre, desde la barra nos miraba con una enorme sonrisa de satisfcción . Y luego a “Los Italianos” a comernos un “topolino” helado especialidad de la Casa.
Los años me han dado la razón, sigo sin coche, viviendo de alquiler en una casa apuntalada con mi Paqui , que no es precisamente ninguna azafata de la tele, y malviviendo con lo que saco de mi actividad laboral, que no es otra que gracias a que durante años les llevaba el café a los funcionarios del Juzgado y Hacienda, siendo yo algo espabilao y habiendo hecho bastantes amigotes entre los funcionarios, aprendí lo suficiente para manejarme entre el papeleo: inscribir un recién nacido, tramitar una partida de fallecimiento, hacerle las declaraciones de Hacienda a la gente del barrio, que normalmente consistía en poco más que poner los datos personales, pues como yo, no tenían donde caerse muertos e incluso a redactar alguna instancia. Y que conste que no me quejo, con todo eso saco para ir tirando. Además “mi despacho” no es otro que una de las mesas del bache, por lo que no tengo gasto alguno y todo el mundo sabe dónde encontrarme.



Para sorpresa de todos y alegría por mi parte, ese día “el Pescui” estaba sobrio. Declinó muy amablemente nuestra invitación y se quedó al fondo de la barra, entendí que esperando a alguien. Al poco le vi de charla con un individuo trajeado y pelo engominado al que no conseguí ver la cara, pues estaba de espaldas. Por los gestos que hacían ambos parecía que discutían. Seguí con la partida y me olvidé “del Puescui”. Al terminar, lo busqué con la vista y había desaparecido. Poco podía imaginar que jamás volvería a verlo con vida.


Siempre tuvo mala suerte •”el pescui”. Su padre, um enano jorobado mal encarado, se gastaba lo poco que ganaba en borracheras. Rara era la noche que no llegaba hecho un Cristo, pues tenía muy mal vino y cuando estaba borracho, le daba por meterse con todo el mundo a pesar de ser conocido en el barrio como Periquillo Sarmiento, por aquello de:


“Periquillo Sarmiento..
Fue a cagar
Y se lo llevo
El viento….”•

Recuerdo una noche en “el bizco” que le dio por meterse con Pepe, solo por ser policía local, los cuales, según él eran todos unos falangistas. Entre insulto e insulto, el jodio jorobado, revoloteaba imitando el vuelo de una mosca cojonera alrededor del Pobre Pepe cantando una y otra vez una cancioncilla:



“Hijo de la gran PU….
TAbaco de la Habana
Yo me cago en tus MUER…
TOcando la campana”




Tanto fue el porculo que le dio que al final hicieron falta tres tíos para aguantarlo, sino lo mata, y eso que la criaturita era incapaz de hacer daño a una mosca. En todos sus años en activo, fue incapaz de poner una sola multa, a pesar de las broncas de sus superiores, pues es bien sabido que una de las principales misiones de la policía es la de recaudador de impuestos.
La madre del “Pescui”, más de lo mismo, ejercía de prostituta barata en los muelle por lo que desde muy pequeño se crió prácticamente sólo.


Tendríamos 10 o 12 años cuando sufrió un accidente que a punto estuvo de costarle la vida. En verano los chiquillos disfrutábamos tirándonos de cabeza o a “la Bomba”, desde distintos puntos del puente que une el Castillo de San Sebastian con la ciudad. “El Pescui” calculó mal la profundidad y se golpeó la cabeza con las rocas.


Durante meses poco o nada supimos de él, hasta que un día apareció por el barrio. Tenía toda la Columna vertebral sujetadas con placas por lo que sólo podía mover la cintura , el pescuezo al tenerlo rígido daba la impresión que estaba asomado constantemente a una tapia , de ahí viene lo del “Pescui”.


A pesar de tanta desgracia, yo le tenía cierta admiración, pues sus limitaciones físicas no le impedían (echándole muchos huevos), recoger chatarra, pescar o incluso practicar submarinismo, actividad a la que se dedicó definitivamente tras comprobar que era más lucrativa que la recogida de chatarra. Su equipamiento consistía en un remendado traje de neopreno, gafas, Tubo y unas aletas que le fue regalado por Paco “El Pantera” muy conocido en Cádiz por ser un extraordinario buzo que conocía a la perfección los fondos marinos de la Bahía y un excepcional dibujante.
Cuando surgía algún problema en la parte sumergida de algún barco en reparación, El Pantera bajaba, observaba el estado del barco, y cuando volvía a la superficie era capaz de hacer un dibujo perfecto de lo que ocurría. Esto era de una importancia extraordinaria para facilitar la labor de los ingenieros. Eran los años gloriosos de Astilleros con la construcción de superpetroleros que daban trabajo a miles de personas. Fue en su época toda una proeza de ingeniería naval la construcción de buques como el “Amoco Cádiz” o el “María Alejandra”, el más grande de los construidos en Cádiz y el último antes de la reapertura del canal de Panamá. Todo Cádiz prácticamente comía de ellos y por tanto su construcción era seguida día a día por los gaditanos. Cualquier chiquillo de la época, sabía al dedillo por ejemplo que el “Maria Alejandra” tenía una eslora de 330 metros o el “Amoco Cádiz” podía transportar 1.6 millones de barriles de petróleo. Recuerdo una coplilla de Paco Alba que decía:


“Cuando la botadura del Petrolero
Dieron un pollo en los Astilleros
Y fíjense lo que me dijeron
De un fulano que trabaja de Pañolero,
Como en su casa si lo reparte se forma un lio
Se comió todo el pollo y a cada niño le echo un vajio”.


Tanta fue la lata que le dio el Pescui al Pantera para que le regalase algún material, a lo que Paco se negaba, no ya por una cuestión material, sino por intentar quitarle de la cabeza semejante locura, que Al final se dio por vencido y de vez en cuando lo llevaba con él a bucear y lo ayudaba en lo que mejor podía. Enseñarle cuanto pudo, que no fue poco, y proporcionarle algún material.

CONTINUARÁ…

Cosas y casos de Cádiz


Cosas y casos de Cádiz
* Nota de Tusitaladecái

Cuando le enseñé a mi amigo Daniel, escritor “de los de verdad”, el borrador inconcluso de este Relato Corto, me animó a su publicación. Quizás sea una temeridad publicar un relato que ni yo mismo se cómo acabará, pero creo que me servirá de motivación a la vez que “obligación” y me ayudará a superar o al menos a sobrellevar esta rachilla mala que estoy pasando.

De esta manera iré publicando sin periodicidad fija, el Relato a medida casi de que vaya escribiéndolo, por lo que se admiten sugerencias e ideas sobre el avance de la trama.

Quiero aclarar que si bien la mayoría, por no decir todos los personajes que aparecen en el Relato, están inspirados en personas que viven o han vivido, lógicamente la trama es pura ficción.

Así pues, ahí va el primer capítulo, a ver qué os parece….

TusitaladecáiUnos apuntes a modo de Prólogo:

Salvador C. (Cádiz 1962) Vividor español y apasionado de su “Cái”. A pesar de una dura infancia en la que se vio obligado a abandonar los estudios a los doce años para ponerse a trabajar en las más variopintas ocupaciones (repartidor de tartas, trabajador en los muelles de Cádiz, botones, Administrativo, e incluso de las oficinas pasó a los restos de un naufragio.

Desde siempre aficionado a la lectura, su interés por cuanto le rodea no ha dejado de crecer jamás, y en base a una enorme formación autodidacta, comenzó trazando esbozos de relatos, muchos de ellos no publicados, con los que ha reinventado su ciudad natal, a través de estrambóticos personajes, conspiradores, castizos o simplemente “Gaditas”, y muchos de ellos con una gran carga personal, plasmándose a sí mismo en sus propias hojas.

Pero a pesar de transmitir emociones y sensaciones diarias, sencillas y bellas, con un toque de aventura y buen humor, lo que más se percibe en todas sus obras es la motivación que le mantiene despierto día a día: Sus enormes ganas de vivir.

Daniel Martínez Mariño
Ares (A Coruña)                                    CAPITULO I

¡Venga, vamos a empezar! Las parejas como siempre, ¿no? Pacote conmigo y tú, Carapapa, con Pepe el guardia.
¡Niñooo, trae cuatro tercios de Cruzcampo! Y apúntaselo a Pepe que, a día de hoy, ya habrá cobrao la extraordinaria.
– ¿Ya empezamos…?, venga, ponla. Pero es la última. Quien no tenga dinero pa vicios, que no los tenga.
Tras lo cual, proveniente de sus enormes y orondas posaderas, sonó un atronador ruído, acompañado de un indescriptible y fétido olor, que hizo que todos los parroquianos que nos encontrábamos en el bar “La Fama”, más conocido en el barrio por el “Bache del bizco”, saliésemos por patas de tan elegante y distinguido local huyendo de tan mortíferos efluvios . Si bien, en honor de la verdad y atenuante del Guardia, diré que el local del bizco, con o sin peo, olía normalmente a rayos.

“La Fama” era un pequeño local, de no más de 30 metros cuadrados, con una pequeña barra de madera tras la cual, se encontraban sobre unos estantes las botellas de licor, una máquina de café y una nevera. Un par de mesitas con sillas completaban el mobiliario. Al fondo, en un rincón, se amontonaban cajas de cerveza vacías y dos barriles de vino de Chiclana junto a los que lucían apiladas cinco cajas de “Mirindas”, cuya visión normalmente despertaba la curiosidad de los escasos nuevos clientes que, más por despiste al no ser del barrio que por voluntad propia, acudían al local. La pregunta era inevitable: ¿Aún existen las “Mirindas”? Siendo informado por algún asiduo que, al carecer el bar de váter y aprovechando la coyuntura de una avería de las tuberías de aguas mayores de la finca, para cuya reparación fue preciso socavar precisamente por aquel rincón. Pacote, el Fontanero, se las ingenió para conectar un meadero que al carecer de las más mínimas condiciones higiénicas y, por ende, de cualquier tipo de requisito que para ello dispone el Ayuntamiento, hacía necesario su ocultación, lo cual fue resuelto con gran ingenio, colocando encima las mencionadas cajas de ese brebaje, autodenominado “bebida refrescante”, muy de moda en aquellos lejanos años 80. Y allí seguían las últimas antes de que desapareciera del mercado. Según se decía por aquel entonces, tras haber ingerido el repugnante refresco varios “Mirinderos”, la habían espichado tras varios días de inconmensurables cagaleras, delirios, estertores y morisquetas. Tan sólo uno de los afectados logró sobreponerse, un tal Ernestino Cagajon, vecino de Cangas del Oxete, provincia de Ourense. De aquella terrible experiencia le habían quedado a Ernestino terribles secuelas, siendo las más notorias unas inoperables hemorroides del tamaño de un melocotón de Calanda y un encogimiento de las meninges, que según D. Casto Tranchete, párroco del pueblo, era el causante de su reiterada negativa a votar al PP.




Volviendo al tema de las cajas de Mirinda , todo aquel que necesitara su uso, sólo tenía que apartar las cajas, miccionar, y volverlas a colocar. Un cuarto de baño “funcional”, como dicen hoy en día.


En las paredes lucían carteles de los temas más diversos: “Veterano es cosa de hombres”, El Toro de Osborne y cómo no, el de Terry con su rubia a caballo, varios carteles de distintas temporadas del Cádiz CF., el azulejito del “hoy no se fía, mañana si” y algún que otro poster central de Interviú. Todo tal y como se lo dejó a su hijo Leonardo 25 años atrás D. Laureano Sagrilles, que en paz descanse.


Solía decir Leonardo que quería conservar el local tal cual, en memoria de su padre, aunque todos sabíamos que a Leonardo dicha memoria le importaba una mierda, y lo que él disfrazaba como acto de hijo ejemplar y guardián de la memoria del difunto era, en realidad, una fuerte alergia a gastar un duro. Eso sí, año tras año, cerraba el día 1 de Enero para, según el cartel que rezaba en la puerta, “realizar trabajos de mejoras en el local”, los cuales solían consistir en pasar la fregona por el suelo y, sospecho, por la barra del local, así como renovar el Almanaque de “Polvorones la Estepeña.”
La clientela de tan selecto garito estaba compuesta, como no, por borrachines, gandules y todo tipo de gente de mal vivir. Tan sólo estaba vetada su entrada a todo aquel que tuviese relación con los estupefacientes, ya fuesen drogatas, o aquellos que trapicheaban de una u otra forma con ello. Y no es que nadie les negase jamás la entrada, nada de eso. Ellos tenían su propio lugar de esparcimiento pocos metros más allá en el bar “El Torete”, un antro igual de cochambroso que el del Bizco, con la única diferencia de que mientras pasabas por, llamémoslo así, nuestro cuartel general, la partitura de sonidos habitual consistía en alguna que otra arcada, un eructo, acaloradas discusiones sobre fútbol, el ruido de las fichas de dominó o algún que otro pedo de Pepe del Guardia, De “El Torete” tan sólo emanaba ese estrepitoso y machacón ruido que la juventud de hoy ha dado en llamar “Música”, acompañada de un tremendo pestazo a canuto.


Tan sólo un día al año se mezclaban dichas “aficiones”. Cada 18 de Julio se celebraba en la Playa de La Caleta el campeonato de fútbol, a un sólo partido, entre los tajarinas y los drogatas. Era uno de los acontecimientos del año, por lo que cada equipo se concentraba la noche anterior preparándose sicológicamente para tan importantísimo evento. Por la mañana, a eso del medio día, ambas aficiones aguardaban la salida de los deportistas que solían presentar un lamentable aspecto. Se iniciaba el cortejo con una representación de la organización, Los gerentes de ambos establecimientos y como representante de la Autoridad, Pepe el Guardia con su uniforme de gala a punto de reventar. Aquello recordaba a la comitiva de “Bienvenido Míster Marshall”.


Eso de “Agente de la autoridad”. Con muchas comillas, pues hacía ya algunos años que no ejercía, pues a sus problemas con el alcohol y todo el repertorio de dolencias que de sus casi 200 kilos se derivan, estaba el espinoso tema de su incontinencia gasística que hacía imposible, no ya buscarle pareja para patrullar las calles de la ciudad (y menos en coche), sino realizar cualquier tarea que su condición de Agente de la Autoridad exigía. Hace algunos años, le encomendaron la escolta en su salida procesional por las calles de Cádiz de la cofradía del Santísimo Cristo del Nazareno, alcalde perpetuo de la ciudad y muy venerado, según se decía, por conceder gran cantidad de las peticiones a sus incondicionales. Yo mismo, en mis tiempos, acudí durante un año cada viernes con la parienta, que estaba convencida de que así nos adjudicarían un pisito del Ayuntamiento. Como sospechaba, de piso nada. Ahora se ha empeñado en que vayamos a San Pancracio, Patrón de los imposibles, pero es lo que yo le digo: si es una tarea imposible, ¡para qué coño intentarlo!

Pero bueno, volvamos al desfile procesional y a Pepe el Guardia. La criatura ya venía avisando desde la cuesta de la Jabonería, andaba apretando las cachas del culo y a pesar de soplar un fuerte viento de poniente bastante desagradable que obligaba a procurarse un buen abrigo, con gran preocupación por mi parte, observé uno de los síntomas inequívocos de que se avecinaba “Tormenta”. Por su frente corrían goterones de sudor que más bien parecían de parafina por su brillo y espesura.

El estruendo junto al pestazo, en un principio dejó paralizados a tan piadoso público que abarrotaba las calles. Las Autoridades civiles, eclesiásticas y militares, que encabezaban el cortejo, intentaron guardar la compostura que su cargo les exigía , incluso “El gitano rubio” intentó continuar con la Saeta que en esos momentos dedicaba al Cristo melenudo, hasta que emitió un leve gorgorito y perdió el conocimiento, se hizo un silencio sepulcral. Fue entonces, cuando un gracioso gritó: ¡¡¡ La guerra química ha empezado!!! ¡¡¡Esto es Ántrax!!! Era la época álgida de la Guerra del Golfo, que más bien pudiera llamarse de “Los Golfos” con Bush y el inglés a la cabeza, seguido de nuestro “josemari”, y claro, el personal andaba pelín sensible. A toda la multitud, le vinieron a la memoria aquellas frases de nuestro por aquel entonces Presidente, jurando y perjurando la existencia de armas de destrucción masiva en poder del enemigo. Aquello fue horrible, la muchedumbre enloqueció. Miles de personas corriendo despavoridas, el Sr Obispo pisoteado, los costaleros huyendo por patas…. Balance oficial casi 50 heridos, la mayoría por aplastamiento. La Señora Alcaldesa Dña. Teófila Martínez, víctima de un ataque de nervios, fue localizada en la Plaza de La Candelaria, con la peluca del Nazareno en la cabeza desfilando y moviendo el bastón de mando de la ciudad cual majorette, mientras gritaba: ¡¡¡ Gibraltar Español!!!

Por tres veces, pasó Pepe el Guardia el Tribunal para que le concediesen la Invalidez y por tres veces le fue rechazada. Después de lo de “La Campanario”, nadie quería poner en peligro su cómodo puesto de funcionario. Imagínense si llegaba a oídos de Pedrojota, Carmele Marchante o esa eminencia del periodismo de investigación llamada Lydia Lozano, que a un tío en Cádiz le habían concedido dicha prestación por el mero hecho de tirarse peos. El escándalo sería de aúpa.

En una cosa sí que coincidían en el Ayuntamiento, a Pepe había que quitárselo de encima, por lo que el SIMPOLO (Sindicato Policía Local), incluyó en su XXI convenio laboral una cláusula innegociable para su firma. Fue aprobado en el pleno por mayoría absoluta y desde entonces, Pepe se encontraba de vacaciones indefinidas.

Todas las tardes, desde hacía años, para matar el tiempo, echábamos una partidita de Dominó pues como dije al principio ninguno de los cuatro por una u otra razón teníamos otra cosa mejor que hacer.

Fue una semana atrás, en plena partida cuando empieza la historia que les quiero contar….