Relato Corto "Cosas y Casos de Cádiz" Capítulo IV

CAPÍTULO IV

    El cura fue puntual y el responso breve, no duró más de 5 minutos. Según nos dijo el somnoliento empleado el proceso de incineración llevaría unas tres horas y que las cenizas sólo podían ser entregadas a la familia. Pepe, le apostillo que el finado carecía de ella y que las personas más allegadas éramos nosotros. Lanzándonos una mirada extraña, nos rogó aguardáramos un momento y se perdió por uno de los pasillos.


 Al poco vimos que volvía con otra persona, que se presento como D.Torcuato Topillo. Director del Tanatorio. No debía medir Torcuato más de metro y medio y parecía un personaje de tebeo: Grandes orejas de soplillo, pronunciada nariz en cuya punta descansaba unas diminutas gafas y dientes de ratón. Verdaderamente hacía honor a su apellido.


Una vez hechas las presentaciones, en tono solemne nos dijo:


– Lamento comunicarles que nos es del todo imposible hacerles entrega de las cenizas, salvo autorización de la familia. Pues hace un par de horas yo mismo atendí a un hombre que se identifico como primo del difunto.
Eso no puede ser, le dije. Ni el finado tenía familia alguna, ni en toda la noche ese “primo” ha hecho acto de presencia en la sala donde mi compañero, miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado (dije para impresionar) y un servidor hemos estado velando a nuestro amigo. Quizás fuese algún vecino o conocido del barrio, pero familiar; del todo imposible.
Topillo nos contestó que era normal que no le conociéramos, pues según el individuo en cuestión, hacía años, no tenía contacto alguno con el difunto a causa de una riña familiar sin importancia, pero que durante todo este tiempo no había dejado de tener noticias de él, mediante amigos del barrio, los mismos que unas horas antes habían tenido la amabilidad de avisarle de tamaña desgracia.
Por supuesto, no me tragué semejante trola y una corazonada hizo que de inmediato tuviese la certeza de la identidad del “Primo”.
-¿Y dígame, Sr Topillo? , ¿podría hacernos una pequeña descripción física de ese individuo?,
– por supuesto, Unos 35 años, muy educado, de aspecto impecable… (y pelo engominado, pensé). Siguiendo sus explicaciones nos contó Topillo que le había preguntado quienes éramos, pues le daba algo de reparo presentarse de sopetón sin tan siquiera saber la identidad de aquellos que tan bien se habían portado con el difunto. Le contesté que eran sus amistades mas intimas, amigos del barrio que…
Pues sepa Vd., dije, interrumpiendo a Topillo que no sabemos el origen de este malentendido, pero con primo o sin él, según la documentación que le hemos aportado a la Funeraria, la Sra. Jueza nos ha otorgado la responsabilidad de hacernos cargo de nuestro amigo por tanto si ese “primo” volviese, mucho le agradecería que nos avisase. El Sr. Agente le facilitará nuestros teléfonos a tal fin. Tuve que dar un codazo a Pepe, pues miraba de un lado a otro buscando al Agente, hasta que el muy zoquete se percató de que me refería a él. Además continué, en tono grave, ha violado Vd. la LPDD, que como sabrá “Sr Soplillo”,  es la “Ley de Protección de Datos de Difuntos”, en la que en el Artículo 3 apartado 4, expresamente prohíbe a Funerarias y Tanatorios, la difusión de cualquier información del finado a personas no habilitadas para ello. ¿Le acreditó en algún momento el parentesco con algún tipo de documento oficial?.
Conteste por favor, mientras que el Sr agente toma nota de su declaración:
Todos. Pepe, el empleado de la funeraria y Topillo, estaban con la boca abierta. Jamás Topillo había oído hablar de dicha Ley, lo cual no era nada extraño pues me la acababa de inventar.


 Le quedaban al Sr Director un par de años para jubilarse y no se iba a complicar la vida. Suplicó al Sr. “Agente”, que por favor no informara a sus superiores. Una mancha en su expediente a estas alturas sería su ruina, al fin y al cabo nadie había salido perjudicado. Una fuerte patada en la espinilla impidió que Pepe, emocionado.,  se abrazara llorando a Soplillo, quien quedó eternamente agradecido cuando le dijimos que pasaríamos por alto el incidente. Accedió Soplillo de buen grado a guardarnos las cenizas durante unos días, avisarnos si venia el “Primo” y a darme fotocopia de la partida de defunción del “Pescui” Con todo, mas dos caja de velas y otra de Rosarios y Escapularios, regalo del amigo Topillo, salimos corriendo del tanatorio en busca de un Taxi con dirección a la casa de Hipólito.


A simple vista, la casa de Hipólito se encontraba igual que en nuestra anterior visita. Invité a Pepe a sentarse y le puse al corriente de la situación: La extrañas circunstancias de su muerte, el tipo del pelo engominado ¿Para qué había ido al Tanatorio?, para mí estaba claro que para sonsacar información. Por algún motivo quería saber de nosotros, lo que quería decir que muy poco conocía de Hipólito.




Pepe se descojonaba. – ¡Anda ya Perico!, ¿Tú estas chalao?, ¿insinúas que “El Pescui” fue asesinado? Jajajajjajajajjajaja.


– No sólo lo insinúo amigo Pepe. Tengo pruebas, le dije.


– ¿Pruebas?, ¿Qué pruebas?


– Abrí el sobre que me había dado Topillo con la copia de la documentación y alargándole con un brazo la Partida de Defunción, le dije: Aquí la tienes, léela despacito espabilao.


– Si Perico, ya veo. Una partida de defunción, pero no me hace falta leerla para saber que El Pescui está tieso como una mojama.


– Fijate bien Pepe, saca tu olfato de Policía. ¿No ves nada extraño en ella?. Te voy a dar una pista: ¿Qué hora probable pone la forense del fallecimiento?


– Entre las 4 y las 5 de la mañana, ¿pero qué tiene eso que ver?.


– Veamos Pepe. Los chavales encontraron al muerto sobre las 8 de la mañana. ¿no? Eran horas de Pleamar, Pepe. ¿Qué coño hacía Hipólito a esas horas vestido de buzo en el puente Canal con pleamar y completamente a oscuras?, No Pepe, a Hipólito lo asesinaron en otro sitio, lo trasladaron en coche al final del Puente, le pusieron los avíos de bucear y lo tiraron al mar. ¿Pero quién y por qué?, eso es lo que debíamos averiguar.


La muerte de Hipólito era el principal tema de conversación en el barrio, la conmoción era grande, pues por desgracia en esa zona de Cádiz, había muchos “Hipólitos”, pertenecientes a una generación en la que el paro, la droga y la marginación les habían convertido en lo que se suele decir “carne de cañón”. Hombre y mujeres que por su edad debieran ser padres o madres de familia con las alegrías y tristezas que ello conlleva, se habían convertido en una especie de “Zombis”, sin otra motivación que conseguir dinero para la siguiente dosis. Rara era la familia que no tenía uno de ellos entre sus miembros, por lo que hechos como este sumían al barrio en una especie de tristeza colectiva al ser conscientes del trágico final que tarde o temprano les aguardaba a sus seres queridos.


Continuará…

3 responses to this post.

  1. >Muy entretenido, Salva. Ya estamos de vuelta y os llamaremos. Un abrazo. Guillermo

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  2. >NO SE LO QUE ENCONTRARAN, PERO ESTOY SEGURA QUE EN LA CASA DEL PESCUI NO ESTA LA PISTA, YO LA BUSCARIA EN …….." LAS BOTELLAS DE LAS MIRINDAS", (LA CAJA, ETIQUETAS, INTERIOR DE UNA DE LAS BOTELLAS, INCLUSO DEBAJO DE LA LOZA DEL SUELO SOBRE LA QUE SE COLOCA LA CAJA)… EN EL BACHE….EL PESCUI ESTOY SEGURA QUE COMO BUEN APRENDIZ DE LA ESCUELA DE LA CALLE NO SERIA TONTO.TU NOS DIRASHASTA LUEGO

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  3. >Y por qué lo incineras?Y el forense ni autopsia seria ni nada, no?Estamos como en el siglo XIX esperando la llegada del siguiente capítulo….

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